
Economía, política y reformas sociales
Existe una estrecha relación entre el desarrollo económico, las decisiones políticas y las reformas sociales. Estas últimas son consideradas como una forma de enfrentar los desajustes producidos por el desarrollo económico. En otras palabras, las reformas sociales buscan disminuir el impacto generado por el crecimiento económico. No obstante, las determinaciones para su aplicación obedecen exclusivamente a la esfera de la política, entendida como el escenario de confrontación y negociación de las contradicciones sociales.
A lo largo del siglo XX América Latina se vio enfrentada a la necesidad de articular sus estructuras económicas a la economía internacional. Durante este proceso surgieron contradicciones y conflictos de carácter social, pues el crecimiento económico se priorizó sobre el bienestar de la población.
A lo largo del siglo XX América Latina se vio enfrentada a la necesidad de articular sus estructuras económicas a la economía internacional. Durante este proceso surgieron contradicciones y conflictos de carácter social, pues el crecimiento económico se priorizó sobre el bienestar de la población.
¿Qué son las reformas sociales?
Definir qué es una reforma social es algo complejo, pues esta se encuentra estrechamente relacionada con concepciones de carácter ideológico, político y económico. Para cada actor social, la naturaleza de una reforma de carácter social puede variar sustancialmente.
Acercándonos a una definición lo más amplia posible, podríamos señalar que las reformas sociales son medidas de carácter político que apuntan a mejorar la eficacia, la calidad y la igualdad en el acceso a servicios y bienes considerados fundamentales para la sociedad, como la salud, la educación, el acceso a la tierra, el acceso a la propiedad y a la calidad del trabajo.
Por su parte, las reformas económicas son medidas de carácter teórico o instrumental, que buscan regularizar el funcionamiento de la economía, independiente de los efectos que estas medidas puedan tener en la sociedad. Como la palabra lo expresa, estas medidas son tomadas estrictamente en términos económicos y, al igual que las reformas sociales, este tipo de reformas depende en buena medida de elementos de carácter ideológico y político que determinan sus propósitos y sus alcances.
Tipos de reformas
Existen diversos tipos de reformas, dependiendo de su calidad, profundidad y duración. Hablaríamos en principio de tres tipos, dependiendo de su manifestación en el tiempo:
Las reformas estructurales. Son reformas que afectan las partes más profundas de la sociedad, y que implican cambios fundamentales en los modelos económicos y productivos, como también en las formas de entender a la sociedad y su desarrollo.
Las reformas graduales. Se producen en largos lapsos de tiempo, buscando disminuir los efectos del impacto de su aplicación. Se relacionan con decisiones políticas de largo plazo y que afectan a la estructura económica.
Las reformas de choque. Son medidas implantadas para hacer frente a crisis inesperadas o momentáneas que urgen una solución inmediata. Generalmente estas medidas son de carácter temporal y de corta duración.
El sentido de las reformas
Los impactos de las reformas, positivos o negativos, son relativos respecto a la perspectiva con que se contemple. Muchas reformas que son positivas para la economía resultan afectando de manera negativa a la sociedad, o puede darse el caso contrario.
La valoración de los efectos de las reformas es un problema de carácter político, aunque en términos generales, los organismos internacionales coinciden en unos principios básicos: estas deben apuntar a alcanzar la equidad, tanto en el acceso a los servicios y bienes, como a la ampliación de los beneficios económicos y sociales, y, como se estableció en el programa llamado Los objetivos del desarrollo del milenio, las reformas deben apuntar, entre otras muchas cosas, a disminuir la pobreza y marginalidad social
Las reformas sociales
Desde hace muchos años es claro que uno de los principales problemas en América Latina tiene que ver con la distribución de la riqueza. La pobreza en nuestro continente, a diferencia de otros lugares del mundo, no es producida por una deficiencia en la capacidad productiva o por los limitados recursos económicos o naturales con los que se cuenta, sino que se origina en sistemas inequitativos de acumulación, que hacen que la riqueza generada no llegue a todos los habitantes de una nación determinada.
Ante esta situación, diversos organismos internacionales y académicos han venido recomendando reformas que permitan a los ciudadanos acceder a servicios y bienes básicos para su subsistencia. No obstante, la gran mayoría de estas reformas siguen sin ser llevadas a cabo. Una explicación de ello, tiene que ver con el hecho de que las decisiones políticas se encuentran relacionadas con intereses económicos, y que las reformas sociales que se necesitan con urgencia no tienen prioridad frente a otros temas tales como la regularización de los mercados, el control de la inflación, la preservación de las cuotas de exportación y, en general, los indicadores económicos, sobre las condiciones reales de los habitantes. Esto significa que se ha privilegiado el crecimiento y la estabilidad económica, con inmensos costos sociales que podrían ser menguados a través de reformas sociales. Es un hecho que en los últimos cincuenta años la economía se ha transformado más allá de sus expectativas. Hoy nos vemos abocados a procesos globalizadores que hacen que, lo que los economistas llaman "interdependencia económica': determine la capacidad de un Estado para realizar ajustes en sus estructuras económicas. En otras palabras, hoy por hoy, un Estado es menos libre de tomar decisiones autónomas respecto a determinaciones económicas que afecten a sus ciudadanos.
Clasificación de las reformas
Las reformas se clasifican en: "desde arriba hacia abajo" y "de abajo hacia arriba':
Desde arriba hacia abajo. Son aquellas que se efectúan por disposición de los gobiernos o de sus funcionarios, a través de un acto legislativo y con las debidas aprobaciones exigidas por las instancias de los Estados (Congreso, Corte Constitucional, Consejo de Estado, etc.). Un ejemplo de este tipo de reformas es el que se efectuó a nivel educativo en Colombia con la Constitución de 1991. Dicha reforma promovió, desde las instancias gubernamentales, la modernización de la educación en todos los niveles.
Desde abajo hacia arriba. Son aquellas que se efectúan por iniciativa del pueblo para solucionar una necesidad de primer orden. Estas reformas son luego apoyadas por los gobiernos y, por lo general, buscan ser aplicadas en otros espacios territoriales. Un ejemplo de este tipo de reformas, es el que se efectuó en El Salvador, con el programa educativo Educación con participación de la comunidad, Educo. Esta reforma educativa nació de la experiencia de los poblados campesinos que estaban en zonas de conflictos. En estas comunidades, la educación tenía una forma autónoma y sin injerencia estatal, contrataban a los maestros para que enseñaran a sus hijos. Posteriormente, este modelo fue recuperado por las políticas educativas y se extendió luego a toda la zona rural y, finalmente, a las zonas urbanas.
Aunque esta clasificación de las reformas sociales son las más aplicadas en Latinoamérica, los estudios muestran que estas distinciones no son absolutas. La experiencia de El Salvador, por ejemplo, fue implementada y generalizada gracias a la acción decidida del Ministerio Central que, a su vez, contó con un ministro estable y de gran prestigio en el país. De este modo, lo de arriba y abajo son más bien momentos del ciclo de formulación y ejecución de políticas.
Un comienzo optimistaHacia 1910, cuando muchos países del área celebraban el centésimo aniversario de sus
primeras luchas por la independencia, América Latina parecía finalmente convertirse en un éxito.
Elites progresistas llenas del espíritu científico de la época estaban en el poder casi por doquier,
administrando el crecimiento económico y la modernización. Con sólo echar una mirada hacia
atrás se podía apreciar la magnitud del progreso, interpretado dentro de los cánones del
pensamiento evolucionista, que había reemplazado a una versión anterior del constitucionalismo
liberal. La única nube en un cielo en general límpido era que la violencia no había sido aún
totalmente erradicada, y más bien se estaba volcando del cuadro rural al urbano. Finalmente, en
México la inmensa reserva campesina explotó, y eso marcó una diferencia. La diferencia significó
un millón de muertos, y desde entonces la política latinoamericana ya no podía volver a ser la
misma.
Durante las primeras dos o tres décadas del siglo el anarquismo fue la fuerza dominante
en la izquierda, en la mayoría de los países del área. En algunos de ellos no estaba demasiado
conectado con las tradiciones y las prácticas políticas nativas, siendo su campo de reclutamiento
los inmigrantes europeos, pero en otros tenía más profundas raíces locales. Es así como en
México Ricardo Flores Magón (1874-1922), ganado por las nuevas doctrinas, fundó en 1905 el
Partido Liberal Mexicano, junto a otros intelectuales progresistas. Esto implicaba una seria
desviación de las pautas europeas, representando además un intento de reivindicar el nombre
liberal -- aún prestigioso entre los activistas populares de diversos orígenes sociales --
liberándolo de sus anclajes porfirianos. La mayor parte de los anarquistas se plegaron a la
revolución, y contribuyeron a formar dentro de ella una fuerza sindical, la Casa del Obrero
Mundial, que se incorporó hasta las verijas en las luchas políticas de su tiempo, por más
"criollas" que ellas fueran.
En la Argentina el predominio anarquista estuvo desde un comienzo basado en un público
extranjero, y lo mismo puede decirse, en medida algo menor, del partido Socialista, bajo la
dirección de Juan B. Justo (1865-1928), un médico con un buen conocimiento de la social
democracia europea. El problema respecto a la formación de un partido obrero en la Argentina
está muy bien reflejado en la polémica entre Justo y el diputado socialista italiano Enrico Ferri
en 1908. Ferri argumentaba que en un país sin una fuerte industria el socialismo nunca podría
arraigar, y por lo tanto sería mejor que el partido adoptara el nombre de Radical, o RadicalSocialista,
disputando el lugar que mal ocupaba ese "partito della Luna" (la Unión Cívica Radical)
dirigida por un misterioso e inescrutable caudillo, Hipólito Yrigoyen. Justo le respondió que tanto
Australia como Nueva Zelandia, a pesar de no tener una industria poderosa, tenían importantes
partidos laboristas, debido a la presencia de un sindicalismo temprano, estimulado por la
escasez de mano de obra. Argentina, como Australia, podía no estar industrializada, pero tenía
un desarrollo capitalista bastante avanzado, tanto en el campo como en el comercio y los
servicios. Ferri le contra argumentó que el partido australiano era más radical que socialista,
debido a la gran moderación de su plataforma (semejante, en eso, a la de los argentinos), e
insistió en sus consejos
Un comienzo optimistaHacia 1910, cuando muchos países del área celebraban el centésimo aniversario de sus
primeras luchas por la independencia, América Latina parecía finalmente convertirse en un éxito.
Elites progresistas llenas del espíritu científico de la época estaban en el poder casi por doquier,
administrando el crecimiento económico y la modernización. Con sólo echar una mirada hacia
atrás se podía apreciar la magnitud del progreso, interpretado dentro de los cánones del
pensamiento evolucionista, que había reemplazado a una versión anterior del constitucionalismo
liberal. La única nube en un cielo en general límpido era que la violencia no había sido aún
totalmente erradicada, y más bien se estaba volcando del cuadro rural al urbano. Finalmente, en
México la inmensa reserva campesina explotó, y eso marcó una diferencia. La diferencia significó
un millón de muertos, y desde entonces la política latinoamericana ya no podía volver a ser la
misma.
Durante las primeras dos o tres décadas del siglo el anarquismo fue la fuerza dominante
en la izquierda, en la mayoría de los países del área. En algunos de ellos no estaba demasiado
conectado con las tradiciones y las prácticas políticas nativas, siendo su campo de reclutamiento
los inmigrantes europeos, pero en otros tenía más profundas raíces locales. Es así como en
México Ricardo Flores Magón (1874-1922), ganado por las nuevas doctrinas, fundó en 1905 el
Partido Liberal Mexicano, junto a otros intelectuales progresistas. Esto implicaba una seria
desviación de las pautas europeas, representando además un intento de reivindicar el nombre
liberal -- aún prestigioso entre los activistas populares de diversos orígenes sociales --
liberándolo de sus anclajes porfirianos. La mayor parte de los anarquistas se plegaron a la
revolución, y contribuyeron a formar dentro de ella una fuerza sindical, la Casa del Obrero
Mundial, que se incorporó hasta las verijas en las luchas políticas de su tiempo, por más
"criollas" que ellas fueran.
En la Argentina el predominio anarquista estuvo desde un comienzo basado en un público
extranjero, y lo mismo puede decirse, en medida algo menor, del partido Socialista, bajo la
dirección de Juan B. Justo (1865-1928), un médico con un buen conocimiento de la social
democracia europea. El problema respecto a la formación de un partido obrero en la Argentina
está muy bien reflejado en la polémica entre Justo y el diputado socialista italiano Enrico Ferri
en 1908. Ferri argumentaba que en un país sin una fuerte industria el socialismo nunca podría
arraigar, y por lo tanto sería mejor que el partido adoptara el nombre de Radical, o RadicalSocialista,
disputando el lugar que mal ocupaba ese "partito della Luna" (la Unión Cívica Radical)
dirigida por un misterioso e inescrutable caudillo, Hipólito Yrigoyen. Justo le respondió que tanto
Australia como Nueva Zelandia, a pesar de no tener una industria poderosa, tenían importantes
partidos laboristas, debido a la presencia de un sindicalismo temprano, estimulado por la
escasez de mano de obra. Argentina, como Australia, podía no estar industrializada, pero tenía
un desarrollo capitalista bastante avanzado, tanto en el campo como en el comercio y los
servicios. Ferri le contra argumentó que el partido australiano era más radical que socialista,
debido a la gran moderación de su plataforma (semejante, en eso, a la de los argentinos), e
insistió en sus consejos
EL impacto de las revoluciones mexicana y rusa
A la Revolución Mexicana -- que empezó a ponerse realmente seria hacia 1914 -- se
añadió el trauma de la Primera Guerra Mundial y su secuela soviética. ¿Podría ser que, a pesar
de las optimistas premisas teóricas generalmente aceptadas, el palacio en fin de cuentas tenía
cimientos de barro?
En Europa ya habían surgido nuevos profetas, que usaban el mismo tipo de lógica
despiadada de los evolucionistas liberales, para demostrar que la inevitabilidad existía, pero que
trabajaba en un sentido distinto. Con la Revolución Rusa la alarma se extendió como un
reguero, aún cuando se podía argumentar que en América Latina, o al menos en algunas partes
de ella, las cosas eran diferentes. ¿Pero cuán diferentes? Porque podrían ser aún más peligrosas
que en Europa. Después de todo, la primer conmoción había ocurrido en México, o en China
hacia la misma época, con una señal de advertencia en Rusia en 1905. La Comuna de Shanghai
de 1927 mostraba en qué inesperados lugares podía estallar la revolución.
Algunos de los países latinoamericanos, especialmente Argentina y Uruguay, y en menor
medida Chile, podían parecer relativamente protegidos contra la violencia, debido a su
prosperidad y a la presencia de una numerosa clase media, pero no es así como la situación era
vista en aquel entonces. Tanto en Chile como en la Argentina el temor hacia una
desestabilización había sido ya expresado en la primera década del siglo. Después de la Primera
Guerra Mundial un agudo enfrentamiento social continuó, y produjo una seria interrupción de la
tradición chilena de gobierno civil, entre 1924 y 1932. En la Argentina un factor adicional era la
enorme proporción de inmigrantes, que podrían súbitamente explotar si sus sueños fueran
destruidos por la crisis y la desocupación. En respuesta a éstas y otras amenazas percibidas por
la clase dirigente, su pensamiento se reorientó hacia la derecha, en búsqueda de nuevas ideas.
El evolucionismo se hizo sospechoso, y se lo vio como excesivamente simplista, porque podía
ser interpretado en perspectiva marxista. Se apeló entonces a las tradiciones nacionales y al
pensamiento católico, mezclado a veces con una lectura selectiva de la nueva sociología, que
según Laureano Vallenilla Lanz "condena definitivamente la anarquía y la revolución". Vallenilla
(1870-1936) agregaba, pensando en su nativa Venezuela, gobernada por el dictador Juan
Vicente Gómez (1857-1935), que la "solidaridad mecánica la subordinación de los
pequeños caudillos en torno del caudillo central, representante de la unidad nacional ...no se
transforma sino muy lentamente en solidaridad orgánica, cuando el desarrollo de todos los
factores que constituyen el progreso moderno vaya imponiendo al organismo nacional nuevas
condiciones de existencia y, por consiguiente, nuevas formas de derecho político". Esto era
una traducción del evolucionismo tradicional a los conceptos de la teoría durkheimiana,
enfatizando la necesidad de proceder despacio en la adopción de nuevas instituciones. Este
enfoque tenía una venerable antigüedad en el pensamiento latinoamericano: de manera
semejante ya antes Alberdi había criticado a la primera generación de liberales reformistas por
haber tratado de introducir demasiados cambios, desconociendo el "carácter asiático" de sus
países, que exigía que "las reglas del gobierno representativo inglés o norteamericano cediesen
un poco de su rigor a las peculiaridades de ese suelo y de esa sociedad"
Aprismo y marxismoVíctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), expulsado del Perú por el dictador Augusto
Leguía cuando era aún un dirigente estudiantil, llegó exiliado a México en 1924, y quedó
impresionado por la atmósfera intelectual y política que encontró. Combinando lo que veía con
los principios del movimiento de la Reforma Universitaria iniciada en la Argentina en 1918,
desarrolló una ideología autóctona, a la que con el tiempo agregaría elementos de socialismo
tanto marxista como fabiano, y algunas lecciones -- aunque ninguna simpatía -- de la
manipulación de masas por un líder carismático en la Alemania nazi. Fundó lo que proyectaba
ser una Internacional rival de las existentes Segunda y Tercera, que tomó el nombre de Alianza
Popular Revolucionaria Americana (APRA), dedicada a formar un partido afín en cada país. Su
impacto fue muy grande a lo largo del continente, donde se pueden observar importantes
influencias apristas, desde la Acción Democrática de Venezuela, dirigida por Rómulo Betancourt,
o el Partido de Liberación Nacional de Costa Rica, de José Figueres, hasta los Socialistas chilenos
y sectores de la Unión Cívica Radical argentina.
Haya de la Torre, usando el corpus principal de la teoría marxista, sostenía que en
condiciones de subdesarrollo no es posible esperar que la clase obrera dirija un proceso de cambio social comprehensivo, ni tampoco que forme un partido propio con significativo peso
numérico. Mucho menos podría el campesinado cumplir esas tareas. Así, pues, la clase media
debía ser incluida como un tercer elemento del trípode, y asumir un rol dirigente.
Era también necesario canalizar las fuerzas del capital internacional, para que se diera la
necesaria acumulación. El imperialismo económico podría ser, como decía Lenin, la última etapa
del capitalismo, pero eso era sólo cierto en Europa y los Estados Unidos. En la periferia el
imperialismo era la primera, no la última etapa del capitalismo, y por lo tanto se le debería dar
espacio para su adecuado funcionamiento. Un Estado local fuerte debía controlarlo, pero sin
espantarlo. Ese Estado tenía que basarse en la triple alianza entre las clases medias, los obreros
y los campesinos, y llegar a acuerdos con las clases dominantes, mediante un elemento de
corporativismo introducido en la Constitución. Es así que Haya hablaba del Estado de los Cuatro
Poderes, en el que a los tres tradicionales se le sumaría un cuarto, de tipo corporativista, donde
las diversas fuerzas sociales estarían representadas de manera "cualitativa". Pensaba que era
mejor que las Fuerzas Armadas, la Iglesia, o los grupos empresarios nacionales o extranjeros
tuvieran un campo legítimo y legal donde expresarse, en vez de actuar detrás de la escena,
como habitualmente lo hacían.
Era preciso, además, tener un partido bien organizado, con militantes disciplinados, y
una figura carismática a su frente, la cual constituía la única forma de liderazgo comprensible
para la mayoría del pueblo. Identificaba al tipo de nacionalismo que propugnaba como
"Indoamericano", refiriéndose al antiguo término español de Indias Occidentales, evitando el
término "Latino" que obviamente no se le aplicaba a gran parte de la población del continente.
El aprismo intentó llegar a las masas indígenas, pero en la práctica no le era fácil a sus
militantes de clase media o cholos costeños el acceder a ese tipo de población, que vivía en
lugares alejados y desconociendo el español.
Al mismo tiempo que se difundía el aprismo, no sólo en el Perú sino en el resto del
continente, durante los años veinte y treinta, otros sectores de la intelligentsia preferían adoptar
la nueva variante del marxismo que se inspiraba en la experiencia soviética. José Carlos
Mariátegui (1894-1930) fue el principal representante de esta corriente, que en su caso implicó
un esfuerzo por adaptarse a las condiciones locales, especialmente al reconocer al problema
indio como el número uno en el Perú y otros países andinos. Esta fue la principal contribución de
sus influyentes Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Rechazando todo
tipo de explicaciones raciales o culturales, e influenciado por los trabajos del antropólogo Luis E.
Valcárcel y su Grupo Resurgimiento basado en el Cuzco, afirmaba que el latifundismo era el
principal responsable por la miserable condición de la población aborigen.
Muchos marxistas, aunque solidarios con las masas indias explotadas, no creían que ellas
podían ser transformadas en una palanca de cambio. Según ellos era necesario esperar a que el
capitalismo se desarrollara, o bien a que fuerzas revolucionarias prendieran en la clase obrera
urbana; una excesiva concentración entre los indígenas podría llevar al populismo, condenable
tanto en su versión rusa como en otra local. Mariátegui, en cambio, pensaba que la población
autóctona podría ser adecuadamente dirigida y estimulada a la acción por una elite dedicada.
Para ello era más necesario un sentido heroico de la vida, que un culto del determinismo. Al
determinismo se lo veía como una característica más de la despreciada Social Democracia que
del marxismo.
Corporativismo, democrático y del otro Durante los años veinte y treinta Brasil experimentaba un rápido desarrollo, aunque con
tasas de alfabetización y de bienestar bien menores que las imperantes en Chile, Argentina y
Uruguay. La disponibilidad de una oferta ilimitada de mano de obra -- para usar el término que
le han dado los economistas -- disminuía la capacidad de los trabajadores de Sao Paulo de
organizarse e ir a la huelga, en comparación con las repúblicas del sur. A pesar del activismo
anarquista el sindicalismo siguió siendo muy débil. Existía un partido Comunista, pero
principalmente difundido entre intelectuales o aún militares, que intentó en 1935 una rebelión
con apoyo en sectores armados, duramente reprimida.
La clase media tenía poca experiencia asociativa, y no poseía nada semejante a los
partidos Radical o Colorado, o a los Apristas. La política, desde el nacimiento de la República,
estaba en manos de los partidos Republicanos estaduales, que en la práctica funcionaban como
partidos independientes, monopolizando los recursos políticos locales para representar los
intereses de sus estados. El disenso más articulado se concentraba entonces en dos grupos, que
de lo contrario hubieran sido columnas del orden constituido: una intelligentsia conservadora
enraizada en las clases altas regionales dejadas de lado por el progreso económico, y una
oficialidad militar joven.
La intelligentsia conservadora se veía a sí misma como continuadora de los gobernantes
imperiales del siglo anterior, enfrentando ahora el reto de los inmigrantes y de los industriales
paulistas, así como de las masas en busca de mayor participación. Un Estado fuerte, dirigido por
una elite con gran sentido de misión, era un requisito para manejar la nueva situación.
Alberto Torres (1865-1917) fue un precursor de esta mentalidad, y también un político
práctico durante la República Velha (1889-1930), habiendo ejercido la presidencia (gobernación)
del Estado de Río de Janeiro, y representado a su país en el exterior. Fuertemente adherido a
los valores liberales, aceptó también el credo positivista, auque rechazando cualquier implicación
racista. Reaccionaba contra quienes lamentaban la composición étnica del Brasil, o buscaban
resolver sus problemas mediante la inmigración europea, en vez de preocuparse por la suerte de
los antiguos esclavos, a quienes se dejaba vegetar malamente, sin acceso a la tierra.
Torres también condenaba la explotación del país por el capital extranjero, que se llevaba
valiosos recursos naturales no renovables. Llegó a decir que los financistas a menudo crean más
víctimas y desgracias que las bombas de los anarquistas. Contra el peligro de la desintegración
nacional era preciso tener un Estado fuerte, que debería estimular los grandes proyectos
necesarios para el crecimiento económico bajo condiciones modernas. Las elites habían estado
tradicionalmente desorientadas por su tendencia a adoptar modelos y criterios morales
incubados en el extranjero. El moralismo no era una solución, pues implicaba la "supremacía de
virtudes pasivas y negativas (...) común a épocas de declinación y a pueblos en estado de
abatimiento", desvalorizando a las más constructivas "virtudes del sentimiento y del carácter
que inspiran la dedicación de la vida y de la actividad a ideas y causas superiores".
La estabilidad política y el crecimiento económico necesitaban un gobierno fuerte, y éste
a su vez sólo existe cuando hay una nación, "homogénea en sus elementos, o fuertemente
subordinada a un espíritu, un móvil, una aspiración, o una clase preponderante". En esta última
frase existe en potencia toda una potencial sociología de la construcción de la nacionalidad.
Torres admitía que con esos criterios Brasil era una nación artificial, si se la comparaba con las
más antiguas y establecidas sociedades de Europa y Asia, pero precisamente por eso necesitaba
"la creación (...) par en haut de (...) hábitos, (...) reflejos, y del instinto de conservación y de
progreso nacional".
La principal propuesta constructiva de Torres fue una revisión constitucional, publicada
en su obra A organizaçao nacional (1914), que debería haber creado un régimen mucho más
centralizado, introduciendo, al lado de la Cámara de Diputados elegida por el pueblo en general,
un Senado con fuertes elementos corporativos añadidos a los de designación estadual. El
presidente sería elegido por un colegio electoral especial, lleno de representantes profesionales;
mientras que un cuarto poder, el Poder Coordenador, designado conjuntamente por el Ejecutivo,
el Congreso, y altos funcionarios judiciales y académicos, daría orientación a la política nacional,
Ideas políticas y sociales en la América Latina del siglo XX
Torcuato S. Di Tella
Documento descargado de http://www.educ.ar
14
al designar procuradores en los estados y municipios, para supervisar su funcionamiento.
No había mucho lugar para los partidos políticos en este esquema, pues se veía como
inconveniente el volver a un régimen de gobierno basado en representantes elegidos
meramente en base al número de sus simpatizantes. No confiaba en los resultados de elecciones
libres, porque dado el estado cultural de las masas, éstas seguirían siendo por mucho tiempo
instrumentos de clanes locales. Sin embargo, no pensaba que se debiera prohibir la existencia
de partidos políticos, y además daba gran importancia al mantenimiento de las garantías cívicas,
así como a la libertad de prensa y de asociación, lo que lo ubica firmemente en la tradición
liberal. Sus ideas corporativistas no tienen nada que ver con el aún inexistente fascismo, y
pueden más bien emparentarse con las que se encuentran en las obras de Herbert Spencer o
Emile Durkheim, o en el pensamiento social católico.19
Torres tuvo un pequeño grupo de discípulos, que proliferó después de su muerte,
convirtiéndolo en profeta del despertar nacional, y también de ideologías autoritarias que
difícilmente habría aprobado. En primer lugar entre esos discípulos se destaca Francisco José
Oliveira Vianna (1885-1951) quien, sin embargo, estaba mucho más preocupado por el tema de
la raza como causa de los problemas del Brasil. En su temprana obra sociológica, Populaçoes
meridionais do Brasil (1920), Oliveira Vianna expone gran parte de su pensamiento, luego
desarrollado en numerosos libros. Estaba proyectada como primera parte, referida a la región
central del Brasil (Rio de Janeiro, Sao Paulo y Minas Gerais), de un estudio más amplio.
Analizaba en ella el carácter predominante de los estratos populares de esa región,
denominados matutos, dedicados a la agricultura más bien que a la ganadería. Esta población,
básicamente pasiva y deferencial, sería luego comparada con los más agresivos jinetes del
extremo sur (Rio Grande do Sul), los gauchos, y con los del norte y nordeste (de Bahia hacia
arriba), los sertanejos.
La docilidad de los matutos sería resultado de sus características raciales y del medio
ambiente. La ausencia de la autoridad central en el interior del país obligaba a la gente a
depender de la autoridad del notable local, quien organizaba bandas armadas para defenderse y
defender a sus dependientes de cualquier tipo de agresión externa. Por eso es que el hombre
común sufre angustia si no tiene un jefe. De esa manera se formaron los clanes locales, con
fuertes ligazones verticales, y llegaron a un modus vivendi entre sí, manteniendo la paz en el
campo.
En cambio, en los extremos norte y sur los más violentos sertanejos y gaúchos estaban
incorporados en una continua guerra de pequeña escala, a veces convertida en guerra civil
abierta o aún en rebeliones populares. El resultado era una sociedad más parecida a la de las
repúblicas hispano americanas vecinas, gobernadas por tiranos sanguinarios como Rosas o
López, única manera de tenerlas tranquilas. El hecho de que la parte principal del Brasil
estuviera dedicada a la agricultura, con sus clanes asentados sobre la lealtad de los matutos,
evitó al país una semejante violencia
Del nacionalismo al populismo
Durante los prósperos años veinte la Argentina no experimentó la agitación de tipo tenentista que cundía en Brasil y Chile. Una corriente nacionalista existía en las Fuerzas Armadas, pero ella tomó formas más decididamente conservadoras. El nacionalismo había sido alimentado, en buena parte, en la reacción ante la inmigración europea, por parte de elites y de intelectuales que la veían como fuente de anomia y de decadencia cultural capaces de generar condiciones de revolución social. Ricardo Rojas (1882-1957), con su La restauración nacionalista y Eurindia, indicó la necesidad de retornar a las tradiciones nativas - o españolas - incluyendo la integración de la cultura indígena. Inspirado en esas ideas escribió un drama, Ollantay, basado en una antigua tradición incaica. Manuel Gálvez (1882-1963), un novelista que ponía sus ideas en boca de sus personajes, estaba más en sintonía con el fascismo europeo. La biografía que escribió de Hipólito Yrigoyen lo destaca no tanto como demócrata, sino como dirigente de masas, al estilo de Mussolini. Leopoldo Lugones (1874-1930), poeta ampliamente reconocido en su país, evolucionó desde su temprano anarquismo hacia posiciones liberales, para luego adoptar actitudes autoritarias, que proclamó en 1924, en un discurso pronunciado en la celebración americana de la batalla de Ayacucho, cuando anunció que había llegado "la hora de la espada". Algunos conservadores liberales de cuño más tradicional, como Lucas Ayarragaray (1861-1944), le respondieron que el sistema tenía sus propios correctivos, y no era necesario sembrar alarma, pero mucha gente siguió las ideas de Lugones. En la Izquierda también crecía un fermento nacionalista, con colores latinoamericanistas, como en Manuel Ugarte (1878-1951), que había adquirido fama con su El porvenir de América Latina (1911). Rompió tempranamente con el partido Socialista de la Argentina, demasiado poco preocupado por el dominio norteamericano en el continente, y continuó con una activa prédica antiimperialista, hasta que en sus últimos años adhirió al peronismo.32 Ante el entusiasmo popular generado por la segunda presidencia de Yrigoyen (1928- 1930), y algunas medidas económicas poco apreciadas por las sectores empresarios internacionales, los preparativos de un golpe arreciaron, hasta estallar en septiembre de 1930, inaugurando una larga etapa de 50 años de pretorianismo de masas e inestabilidad. Julio y Rodolfo Irazusta, desde las páginas de La Nueva República (1927-1931), contribuían a la creación de una nueva ideología para una clase dirigente resucitada, capaz de unificarse, primero a sí misma, y luego al resto de la sociedad bajo su liderazgo. Buscaban inspirarse en la vida e ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, una mezcla de conservadorismo tradicional y populismo, inmune a excesivos pruritos constitucionales. Esa generación de nacionalistas, en general identificados tanto con Rosas como con los regímenes fascistas, incluía a Carlos Ibarguren, Ernesto Palacio, Virgilio Filippo y Manuel Fresco, gobernador de Buenos Aires (1936- 1940) ducho en colocar votos en las urnas cuando los electores no lo hacían de propia voluntad. En principio deseaban renovar al partido conservador (denominado Demócrata Nacional), para sensibilizarlo a la temática de la justicia social y a la necesidad de integrar a la clase obrera. Al mismo tiempo un grupo de pensadores católicos se reunía en la revista Criterio, dirigidos por Monseñor Gustavo Franceschi. La renovación de las ideas católicas merecía primordial atención en esta revista, y se exploraban alternativas desde el falangismo a una democracia liberal con sensibilidad social, rechazando en general las formas más extremas del totalitarismo. De manera más tecnocrática, Alejandro Bunge (1880-1943), en su Revista de Economía Argentina y varios libros muy influyentes, estudiaba las posibilidades de renovación económica, promoción industrial, integración con los países vecinos, y legislación de tipo social cristiano. La Unión Cívica Radical, después de su derrocamiento en 1930, se había reorganizado bajo la conducción moderada de Marcelo T. de Alvear. El ala "antipersonalista" del partido se había separado ya desde 1924, y cooperó luego con los Conservadores y los Socialistas Independientes apoyando al golpe de 1930. Como reacción contra este contubernio se creó el grupo FORJA, una usina ideológica inspirada por Arturo Jauretche, un prolífico escritor dedicado a la revisión de la historia argentina y a la incorporación de elementos nacionalistas a la ideología radical, rechazando las tendencias internacionales de la intelligentsia local. De todos modos, la mayor parte del público ilustrado siguió en la orientación liberal moderadamente de izquierda de pensadores como Alejandro Korn (1860-1936), empeñado en contrarrestar el credo positivista de una generación anterior, o Ezequiel Martínez Estrada (1895- 1964), quien en su Radiografía de la pampa (1933) dio una visión muy pesimista de las características intelectuales del país. Martínez Estrada lamentaba la muy difundida falta de aceptación de los aspectos reales del país, con las que era necesario reconciliarse, porque, contrariamente a lo que creía Sarmiento, "civilización y barbarie son una y la misma cosa".33 A medida que avanzaba la "década infame" las esperanzas de un mayor número de gente se concentraban en la experiencia soviética. Aníbal Ponce (1898-1938), un discípulo del Ingenieros tardío (que había visto con simpatía las nuevas experiencias del Este) fue su principal figura, que intentaba integrar el humanismo con la conciencia de clase, en obras como Humanismo burgués y humanismo proletario, y Educación y lucha de clases (1936). Cuando los militares golpearon de nuevo en 1943 ya existían, por lo tanto, los elementos ideológicos, internacionales o latinoamericanos, para ser mezclados de manera explosiva por un individuo o una elite creativos. Detrás de estas posibles combinaciones estaba la necesidad de proteger a la creciente industria, que se había robustecido durante los años treinta, y luego bajo la protección inducida por la guerra. Los militares, por sus propias razones, deseaban asegurar la continuidad del proceso durante los previsiblemente difíciles años de la posguerra. Había un temor de que después del conflicto bélico se sufriera una catástrofe, si no se adoptaban políticas económicas radicalmente innovativas. Una continuación del gobierno conservador, con sus prioridades claramente colocadas en el agro, era vista por muchos como amenazante no sólo para la prosperidad de los industriales, sino también para la estabilidad de la nación. Se temía a la desocupación como fuente de agitación social, a la que añadirían combustibles los inmigrantes europeos endurecidos por la experiencia bélica. Un verdadero Gran Miedo atenaceó a importantes sectores de las clases dirigentes, estimulado por los militares, convencidos de que quien ganaba las guerras era el "General Industria".Replanteos en la Izquierda: populismo y revolución social
En Chile la Izquierda, después de pasar por la experiencia del Frente Popular (que duró, con diversas reorganizaciones, desde 1938 a 1948), y teniendo que enfrentar el giro a la derecha del presidente radical Gabriel González Videla, comenzó a mirar con interés a la experiencia aparentemente muy próspera, y "socialmente justa", de su vecino transandino. Los Socialistas, impulsados por su teórico Clodomiro Almeyda, muy conocedor de los textos de autores como Juan José Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos, iniciaron una estrategia de convergencia con movimientos populistas, independientemente de las ideas que pudieran tener sus carismáticos jefes. Esto implicaba apoyar al General Carlos Ibáñez, quien después de haber pasado por prácticamente todas las tiendas políticas ahora aparecía como candidato antipartidocrático, siguiendo el camino de Perón. En varios otros países de América Latina algunos militares también se proponían emular el milagro peronista, o sea: una combinación de gobierno firme, crecimiento industrial, humanización del capital, y cooptación del sindicalismo. Manuel Odría lo trató en Perú (1948- 56), pero fracasó, y fue derrocado después de perder el apoyo de los conservadores, alarmados ante las consecuencias no necesariamente premeditadas de lo que estaba tratando de hacer. Lo mismo intentó Gustavo Rojas Pinilla en Colombia (1953-1957), secundado por el intelectual socialista Antonio García, y por muchos antiguos Gaitanistas, que veían una oportunidad para romper el predominio de la oligarquía bifronte de Conservadores y Liberales. García sintetizó sus ideas en un ensayo, Gaitán y el problema de la revolución colombiana (1955), explicando su propio programa de reformas sociales bajo conducción autoritaria. Sin embargo, a Rojas le pasó lo mismo que a Odría, pues se enajenó a la clase alta sin conseguir movilizar a fondo a las masas, aún cuando su partido consiguió una respetable representación electoral por unos cuantos años, después de lo cual desapareció del mapa. En Brasil la Izquierda también se reconcilió con Vargas, especialmente después de su suicidio en 1954. La evolución intelectual del antiguo dictador había acompañado, en muchos sentidos, el drama de su generación. Había comenzado como integrante un poco periférico de la elite política de Rio Grande do Sul, formado en la escuela positivista de Júlio de Castilhos y de Borges de Medeiros, quienes habían pensado que su estado podía evitar la suerte caótica de las vecinas repúblicas si conseguía consolidar instituciones progresistas bajo un gobierno firme con la menor participación popular posible. Durante su primer y largo período de gobierno a nivel nacional (1930-1945) Vargas se rodeó de los tenentes y de otros desarrollistas autoritarios, y se fue acercando al modelo mussoliniano. Pero más adelante siguió la corriente de los tiempos, y se definió a favor de una forma nacional de socialismo, y esta vez no había confusión con la perimida variedad germánica. Eran los años en que parecía que el populismo finalmente se volvería revolucionario, como inevitable resultado de su base social.La Revolución Cubana tuvo, lógicamente, un inmenso impacto en la Izquierda y entre quienes se identificaban con el hemisferio popular de la política. En la Argentina el derrocamiento de Perón en 1955 había ocasionado, ya, serias reconsideraciones. Ahora se veía a la "democracia formal" con sospechas, mientras que empalidecían los casos de violación de libertades públicas por el régimen de Perón, ante su capacidad de representar la voluntad popular. Aún intelectuales de derecha, como el filósofo Carlos Astrada, evolucionaron desde sus preferencias fascistas hasta una aceptación de las más radicalizadas formulaciones del marxismo. Amplios sectores de la Izquierda adoptaron tácticas violentas y se unieron al peronismo, generando dentro de él la Juventud Peronista y el movimiento armado Montonero, y afuera pero en alianza, el trotskista Ejército Revolucionario del Pueblo. John William Cooke, un peronista con antecedentes forjistas, expresó esta mutación ideológica, que tenía como inspiradores a la tríada de Perón, Mao Tse Tung y el Che Guevara. La alianza entre el principal movimiento popular del país y las formaciones guerrilleras, que duró desde por lo menos 1969 hasta 1973, creó una enorme fuerza social, que logró imponérsele al régimen militar, obligándolo a conceder elecciones libres. Una vez que esa heterogénea coalición popular llegó al poder (1973), se imponía dirimir internamente la hegemonía. El cuerpo principal de los peronistas, anclado en los sindicatos y apoyado por la pequeña pero influyente extrema derecha que también operaba dentro del movimiento, finalmente expulsó a los Montoneros y otros izquierdistas, iniciando una sangrienta persecución, luego completada por el nuevo régimen militar que se impuso de 1976 a 1983. Esta lucha interna tuvo importantes consecuencias, pues desde entonces el peronismo no ha gozado de simpatía entre los grupos de izquierda. El impacto ideológico de la Revolución Cubana también se dejó sentir en el Brasil, donde fue responsable de la radicalización del gobierno de Joao Goulart (1961-1964). Goulart llegó al poder de manera inesperada, debido a la renuncia del Presidente Jánio Quadros.38 Una guerra civil se preparaba, pero se la evitó por un pacto que introdujo el sistema parlamentario, para reducir a la nulidad los poderes de Goulart. Debido a las características del electorado brasileño y de sus partidos políticos, el Congreso en general era marcadamente conservador. Esta parlamentarización de Joao Goulart se convirtió en una experiencia paradigmática para el pensamiento político brasileño y latinoamericano. Tradicionalmente, se había visto al ejecutivo fuerte como un recurso de la Derecha, contra un eventual dominio del Congreso por una combinación de partidos políticos que podían ir del centro hasta la izquierda. Ahora, en cambio, con un electorado semi movilizado, parecía evidente que un ejecutivo fuerte, si podía ser capturado por un líder progresista, nacional y popular, potencialmente revolucionario, se convertiría en palanca de cambios sociales radicales. Parecía que las masas, en su presente estado, sólo podían ser estimuladas a la acción, dejando de lado su secular sueño, por un dirigente carismático, que se convirtiera en vehículo de sus esperanzas. Esas mismas masas, cuando tenían que votar por legisladores, o aún gobernadores estaduales, eran capaces de dar sus preferencias a notables locales.
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