martes, 5 de mayo de 2015

TEMA #6: IDEOLOGIAS Y REFORMAS SOCIALES EN AMÉRICA LATINA SIGLO XX


Economía, política y reformas sociales


Existe una estrecha relación entre el desarrollo económico, las decisiones políticas y las reformas sociales. Estas últimas son consideradas como una forma de enfrentar los desajustes producidos por el desarrollo económico. En otras palabras, las reformas sociales buscan disminuir el impacto generado por el crecimiento económico. No obstante, las determinaciones para su aplicación obedecen exclusivamente a la esfera de la política, entendida como el escenario de confrontación y negociación de las contradicciones sociales.
A lo largo del siglo XX América Latina se vio enfrentada a la necesidad de articular sus estructuras económicas a la economía internacional. Durante este proceso surgieron contradicciones y conflictos de carácter social, pues el crecimiento económico se priorizó sobre el bienestar de la población.

¿Qué son las reformas sociales?



Definir qué es una reforma social es algo complejo, pues esta se encuentra estrechamente relacionada con concepciones de carácter ideológico, político y económico. Para cada actor social, la naturaleza de una reforma de carácter social puede variar sustancialmente.

Acercándonos a una definición lo más amplia posible, podríamos señalar que las reformas sociales son medidas de carácter político que apuntan a mejorar la eficacia, la calidad y la igualdad en el acceso a servicios y bienes considerados fundamentales para la sociedad, como la salud, la educación, el acceso a la tierra, el acceso a la propiedad y a la calidad del trabajo.

Por su parte, las reformas económicas son medidas de carácter teórico o instrumental, que buscan regularizar el funcionamiento de la economía, independiente de los efectos que estas medidas puedan tener en la sociedad. Como la palabra lo expresa, estas medidas son tomadas estrictamente en términos económicos y, al igual que las reformas sociales, este tipo de reformas depende en buena medida de elementos de carácter ideológico y político que determinan sus propósitos y sus alcances.

Tipos de reformas

Existen diversos tipos de reformas, dependiendo de su calidad, profundidad y duración. Hablaríamos en principio de tres tipos, dependiendo de su manifestación en el tiempo:

Las reformas estructurales. Son reformas que afectan las partes más profundas de la sociedad, y que implican cambios fundamentales en los modelos económicos y productivos, como también en las formas de entender a la sociedad y su desarrollo.

Las reformas graduales. Se producen en largos lapsos de tiempo, buscando disminuir los efectos del impacto de su aplicación. Se relacionan con decisiones políticas de largo plazo y que afectan a la estructura económica.

Las reformas de choque. Son medidas implantadas para hacer frente a crisis inesperadas o momentáneas que urgen una solución inmediata. Generalmente estas medidas son de carácter temporal y de corta duración.

El sentido de las reformas

Los impactos de las reformas, positivos o negativos, son relativos respecto a la perspectiva con que se contemple. Muchas reformas que son positivas para la economía resultan afectando de manera negativa a la sociedad, o puede darse el caso contrario.

La valoración de los efectos de las reformas es un problema de carácter político, aunque en términos generales, los organismos internacionales coinciden en unos principios básicos: estas deben apuntar a alcanzar la equidad, tanto en el acceso a los servicios y bienes, como a la ampliación de los beneficios económicos y sociales, y, como se estableció en el programa llamado Los objetivos del desarrollo del milenio, las reformas deben apuntar, entre otras muchas cosas, a disminuir la pobreza y marginalidad social

Las reformas sociales


Desde hace muchos años es claro que uno de los principales problemas en América Latina tiene que ver con la distribución de la riqueza. La pobreza en nuestro continente, a diferencia de otros lugares del mundo, no es producida por una deficiencia en la capacidad productiva o por los limitados recursos económicos o naturales con los que se cuenta, sino que se origina en sistemas inequitativos de acumulación, que hacen que la riqueza generada no llegue a todos los habitantes de una nación determinada.

Ante esta situación, diversos organismos internacionales y académicos han venido recomendando reformas que permitan a los ciudadanos acceder a servicios y bienes básicos para su subsistencia. No obstante, la gran mayoría de estas reformas siguen sin ser llevadas a cabo. Una explicación de ello, tiene que ver con el hecho de que las decisiones políticas se encuentran relacionadas con intereses económicos, y que las reformas sociales que se necesitan con urgencia no tienen prioridad frente a otros temas tales como la regularización de los mercados, el control de la inflación, la preservación de las cuotas de exportación y, en general, los indicadores económicos, sobre las condiciones reales de los habitantes. Esto significa que se ha privilegiado el crecimiento y la estabilidad económica, con inmensos costos sociales que podrían ser menguados a través de reformas sociales. Es un hecho que en los últimos cincuenta años la economía se ha transformado más allá de sus expectativas. Hoy nos vemos abocados a procesos globalizadores que hacen que, lo que los economistas llaman "interdependencia económica': determine la capacidad de un Estado para realizar ajustes en sus estructuras económicas. En otras palabras, hoy por hoy, un Estado es menos libre de tomar decisiones autónomas respecto a determinaciones económicas que afecten a sus ciudadanos.
Clasificación de las reformas

Las reformas se clasifican en: "desde arriba hacia abajo" y "de abajo hacia arriba':


Desde arriba hacia abajo. Son aquellas que se efectúan por disposición de los gobiernos o de sus funcionarios, a través de un acto legislativo y con las debidas aprobaciones exigidas por las instancias de los Estados (Congreso, Corte Constitucional, Consejo de Estado, etc.). Un ejemplo de este tipo de reformas es el que se efectuó a nivel educativo en Colombia con la Constitución de 1991. Dicha reforma promovió, desde las instancias gubernamentales, la modernización de la educación en todos los niveles.

Desde abajo hacia arriba. Son aquellas que se efectúan por iniciativa del pueblo para solucionar una necesidad de primer orden. Estas reformas son luego apoyadas por los gobiernos y, por lo general, buscan ser aplicadas en otros espacios territoriales. Un ejemplo de este tipo de reformas, es el que se efectuó en El Salvador, con el programa educativo Educación con participación de la comunidad, Educo. Esta reforma educativa nació de la experiencia de los poblados campesinos que estaban en zonas de conflictos. En estas comunidades, la educación tenía una forma autónoma y sin injerencia estatal, contrataban a los maestros para que enseñaran a sus hijos. Posteriormente, este modelo fue recuperado por las políticas educativas y se extendió luego a toda la zona rural y, finalmente, a las zonas urbanas.

Aunque esta clasificación de las reformas sociales son las más aplicadas en Latinoamérica, los estudios muestran que estas distinciones no son absolutas. La experiencia de El Salvador, por ejemplo, fue implementada y generalizada gracias a la acción decidida del Ministerio Central que, a su vez, contó con un ministro estable y de gran prestigio en el país. De este modo, lo de arriba y abajo son más bien momentos del ciclo de formulación y ejecución de políticas.


Un comienzo optimistaHacia 1910, cuando muchos países del área celebraban el centésimo aniversario de sus primeras luchas por la independencia, América Latina parecía finalmente convertirse en un éxito. Elites progresistas llenas del espíritu científico de la época estaban en el poder casi por doquier, administrando el crecimiento económico y la modernización. Con sólo echar una mirada hacia atrás se podía apreciar la magnitud del progreso, interpretado dentro de los cánones del pensamiento evolucionista, que había reemplazado a una versión anterior del constitucionalismo liberal. La única nube en un cielo en general límpido era que la violencia no había sido aún totalmente erradicada, y más bien se estaba volcando del cuadro rural al urbano. Finalmente, en México la inmensa reserva campesina explotó, y eso marcó una diferencia. La diferencia significó un millón de muertos, y desde entonces la política latinoamericana ya no podía volver a ser la misma. Durante las primeras dos o tres décadas del siglo el anarquismo fue la fuerza dominante en la izquierda, en la mayoría de los países del área. En algunos de ellos no estaba demasiado conectado con las tradiciones y las prácticas políticas nativas, siendo su campo de reclutamiento los inmigrantes europeos, pero en otros tenía más profundas raíces locales. Es así como en México Ricardo Flores Magón (1874-1922), ganado por las nuevas doctrinas, fundó en 1905 el Partido Liberal Mexicano, junto a otros intelectuales progresistas. Esto implicaba una seria desviación de las pautas europeas, representando además un intento de reivindicar el nombre liberal -- aún prestigioso entre los activistas populares de diversos orígenes sociales -- liberándolo de sus anclajes porfirianos. La mayor parte de los anarquistas se plegaron a la revolución, y contribuyeron a formar dentro de ella una fuerza sindical, la Casa del Obrero Mundial, que se incorporó hasta las verijas en las luchas políticas de su tiempo, por más "criollas" que ellas fueran. En la Argentina el predominio anarquista estuvo desde un comienzo basado en un público extranjero, y lo mismo puede decirse, en medida algo menor, del partido Socialista, bajo la dirección de Juan B. Justo (1865-1928), un médico con un buen conocimiento de la social democracia europea. El problema respecto a la formación de un partido obrero en la Argentina está muy bien reflejado en la polémica entre Justo y el diputado socialista italiano Enrico Ferri en 1908. Ferri argumentaba que en un país sin una fuerte industria el socialismo nunca podría arraigar, y por lo tanto sería mejor que el partido adoptara el nombre de Radical, o RadicalSocialista, disputando el lugar que mal ocupaba ese "partito della Luna" (la Unión Cívica Radical) dirigida por un misterioso e inescrutable caudillo, Hipólito Yrigoyen. Justo le respondió que tanto Australia como Nueva Zelandia, a pesar de no tener una industria poderosa, tenían importantes partidos laboristas, debido a la presencia de un sindicalismo temprano, estimulado por la escasez de mano de obra. Argentina, como Australia, podía no estar industrializada, pero tenía un desarrollo capitalista bastante avanzado, tanto en el campo como en el comercio y los servicios. Ferri le contra argumentó que el partido australiano era más radical que socialista, debido a la gran moderación de su plataforma (semejante, en eso, a la de los argentinos), e insistió en sus consejos

EL impacto de las revoluciones mexicana y rusa
A la Revolución Mexicana -- que empezó a ponerse realmente seria hacia 1914 -- se añadió el trauma de la Primera Guerra Mundial y su secuela soviética. ¿Podría ser que, a pesar de las optimistas premisas teóricas generalmente aceptadas, el palacio en fin de cuentas tenía cimientos de barro? En Europa ya habían surgido nuevos profetas, que usaban el mismo tipo de lógica despiadada de los evolucionistas liberales, para demostrar que la inevitabilidad existía, pero que trabajaba en un sentido distinto. Con la Revolución Rusa la alarma se extendió como un reguero, aún cuando se podía argumentar que en América Latina, o al menos en algunas partes de ella, las cosas eran diferentes. ¿Pero cuán diferentes? Porque podrían ser aún más peligrosas que en Europa. Después de todo, la primer conmoción había ocurrido en México, o en China hacia la misma época, con una señal de advertencia en Rusia en 1905. La Comuna de Shanghai de 1927 mostraba en qué inesperados lugares podía estallar la revolución. Algunos de los países latinoamericanos, especialmente Argentina y Uruguay, y en menor medida Chile, podían parecer relativamente protegidos contra la violencia, debido a su prosperidad y a la presencia de una numerosa clase media, pero no es así como la situación era vista en aquel entonces. Tanto en Chile como en la Argentina el temor hacia una desestabilización había sido ya expresado en la primera década del siglo. Después de la Primera Guerra Mundial un agudo enfrentamiento social continuó, y produjo una seria interrupción de la tradición chilena de gobierno civil, entre 1924 y 1932. En la Argentina un factor adicional era la enorme proporción de inmigrantes, que podrían súbitamente explotar si sus sueños fueran destruidos por la crisis y la desocupación. En respuesta a éstas y otras amenazas percibidas por la clase dirigente, su pensamiento se reorientó hacia la derecha, en búsqueda de nuevas ideas. El evolucionismo se hizo sospechoso, y se lo vio como excesivamente simplista, porque podía ser interpretado en perspectiva marxista. Se apeló entonces a las tradiciones nacionales y al pensamiento católico, mezclado a veces con una lectura selectiva de la nueva sociología, que según Laureano Vallenilla Lanz "condena definitivamente la anarquía y la revolución". Vallenilla (1870-1936) agregaba, pensando en su nativa Venezuela, gobernada por el dictador Juan Vicente Gómez (1857-1935), que la "solidaridad mecánica la subordinación de los pequeños caudillos en torno del caudillo central, representante de la unidad nacional ...no se transforma sino muy lentamente en solidaridad orgánica, cuando el desarrollo de todos los factores que constituyen el progreso moderno vaya imponiendo al organismo nacional nuevas condiciones de existencia y, por consiguiente, nuevas formas de derecho político". Esto era una traducción del evolucionismo tradicional a los conceptos de la teoría durkheimiana, enfatizando la necesidad de proceder despacio en la adopción de nuevas instituciones. Este enfoque tenía una venerable antigüedad en el pensamiento latinoamericano: de manera semejante ya antes Alberdi había criticado a la primera generación de liberales reformistas por haber tratado de introducir demasiados cambios, desconociendo el "carácter asiático" de sus países, que exigía que "las reglas del gobierno representativo inglés o norteamericano cediesen un poco de su rigor a las peculiaridades de ese suelo y de esa sociedad"
Aprismo y marxismoVíctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), expulsado del Perú por el dictador Augusto Leguía cuando era aún un dirigente estudiantil, llegó exiliado a México en 1924, y quedó impresionado por la atmósfera intelectual y política que encontró. Combinando lo que veía con los principios del movimiento de la Reforma Universitaria iniciada en la Argentina en 1918, desarrolló una ideología autóctona, a la que con el tiempo agregaría elementos de socialismo tanto marxista como fabiano, y algunas lecciones -- aunque ninguna simpatía -- de la manipulación de masas por un líder carismático en la Alemania nazi. Fundó lo que proyectaba ser una Internacional rival de las existentes Segunda y Tercera, que tomó el nombre de Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), dedicada a formar un partido afín en cada país. Su impacto fue muy grande a lo largo del continente, donde se pueden observar importantes influencias apristas, desde la Acción Democrática de Venezuela, dirigida por Rómulo Betancourt, o el Partido de Liberación Nacional de Costa Rica, de José Figueres, hasta los Socialistas chilenos y sectores de la Unión Cívica Radical argentina. Haya de la Torre, usando el corpus principal de la teoría marxista, sostenía que en condiciones de subdesarrollo no es posible esperar que la clase obrera dirija un proceso de cambio social comprehensivo, ni tampoco que forme un partido propio con significativo peso numérico. Mucho menos podría el campesinado cumplir esas tareas. Así, pues, la clase media debía ser incluida como un tercer elemento del trípode, y asumir un rol dirigente. Era también necesario canalizar las fuerzas del capital internacional, para que se diera la necesaria acumulación. El imperialismo económico podría ser, como decía Lenin, la última etapa del capitalismo, pero eso era sólo cierto en Europa y los Estados Unidos. En la periferia el imperialismo era la primera, no la última etapa del capitalismo, y por lo tanto se le debería dar espacio para su adecuado funcionamiento. Un Estado local fuerte debía controlarlo, pero sin espantarlo. Ese Estado tenía que basarse en la triple alianza entre las clases medias, los obreros y los campesinos, y llegar a acuerdos con las clases dominantes, mediante un elemento de corporativismo introducido en la Constitución. Es así que Haya hablaba del Estado de los Cuatro Poderes, en el que a los tres tradicionales se le sumaría un cuarto, de tipo corporativista, donde las diversas fuerzas sociales estarían representadas de manera "cualitativa". Pensaba que era mejor que las Fuerzas Armadas, la Iglesia, o los grupos empresarios nacionales o extranjeros tuvieran un campo legítimo y legal donde expresarse, en vez de actuar detrás de la escena, como habitualmente lo hacían. Era preciso, además, tener un partido bien organizado, con militantes disciplinados, y una figura carismática a su frente, la cual constituía la única forma de liderazgo comprensible para la mayoría del pueblo. Identificaba al tipo de nacionalismo que propugnaba como "Indoamericano", refiriéndose al antiguo término español de Indias Occidentales, evitando el término "Latino" que obviamente no se le aplicaba a gran parte de la población del continente. El aprismo intentó llegar a las masas indígenas, pero en la práctica no le era fácil a sus militantes de clase media o cholos costeños el acceder a ese tipo de población, que vivía en lugares alejados y desconociendo el español. Al mismo tiempo que se difundía el aprismo, no sólo en el Perú sino en el resto del continente, durante los años veinte y treinta, otros sectores de la intelligentsia preferían adoptar la nueva variante del marxismo que se inspiraba en la experiencia soviética. José Carlos Mariátegui (1894-1930) fue el principal representante de esta corriente, que en su caso implicó un esfuerzo por adaptarse a las condiciones locales, especialmente al reconocer al problema indio como el número uno en el Perú y otros países andinos. Esta fue la principal contribución de sus influyentes Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Rechazando todo tipo de explicaciones raciales o culturales, e influenciado por los trabajos del antropólogo Luis E. Valcárcel y su Grupo Resurgimiento basado en el Cuzco, afirmaba que el latifundismo era el principal responsable por la miserable condición de la población aborigen. Muchos marxistas, aunque solidarios con las masas indias explotadas, no creían que ellas podían ser transformadas en una palanca de cambio. Según ellos era necesario esperar a que el capitalismo se desarrollara, o bien a que fuerzas revolucionarias prendieran en la clase obrera urbana; una excesiva concentración entre los indígenas podría llevar al populismo, condenable tanto en su versión rusa como en otra local. Mariátegui, en cambio, pensaba que la población autóctona podría ser adecuadamente dirigida y estimulada a la acción por una elite dedicada. Para ello era más necesario un sentido heroico de la vida, que un culto del determinismo. Al determinismo se lo veía como una característica más de la despreciada Social Democracia que del marxismo.
Corporativismo, democrático y del otro Durante los años veinte y treinta Brasil experimentaba un rápido desarrollo, aunque con tasas de alfabetización y de bienestar bien menores que las imperantes en Chile, Argentina y Uruguay. La disponibilidad de una oferta ilimitada de mano de obra -- para usar el término que le han dado los economistas -- disminuía la capacidad de los trabajadores de Sao Paulo de organizarse e ir a la huelga, en comparación con las repúblicas del sur. A pesar del activismo anarquista el sindicalismo siguió siendo muy débil. Existía un partido Comunista, pero principalmente difundido entre intelectuales o aún militares, que intentó en 1935 una rebelión con apoyo en sectores armados, duramente reprimida. La clase media tenía poca experiencia asociativa, y no poseía nada semejante a los partidos Radical o Colorado, o a los Apristas. La política, desde el nacimiento de la República, estaba en manos de los partidos Republicanos estaduales, que en la práctica funcionaban como partidos independientes, monopolizando los recursos políticos locales para representar los intereses de sus estados. El disenso más articulado se concentraba entonces en dos grupos, que de lo contrario hubieran sido columnas del orden constituido: una intelligentsia conservadora enraizada en las clases altas regionales dejadas de lado por el progreso económico, y una oficialidad militar joven. La intelligentsia conservadora se veía a sí misma como continuadora de los gobernantes imperiales del siglo anterior, enfrentando ahora el reto de los inmigrantes y de los industriales paulistas, así como de las masas en busca de mayor participación. Un Estado fuerte, dirigido por una elite con gran sentido de misión, era un requisito para manejar la nueva situación. Alberto Torres (1865-1917) fue un precursor de esta mentalidad, y también un político práctico durante la República Velha (1889-1930), habiendo ejercido la presidencia (gobernación) del Estado de Río de Janeiro, y representado a su país en el exterior. Fuertemente adherido a los valores liberales, aceptó también el credo positivista, auque rechazando cualquier implicación racista. Reaccionaba contra quienes lamentaban la composición étnica del Brasil, o buscaban resolver sus problemas mediante la inmigración europea, en vez de preocuparse por la suerte de los antiguos esclavos, a quienes se dejaba vegetar malamente, sin acceso a la tierra. Torres también condenaba la explotación del país por el capital extranjero, que se llevaba valiosos recursos naturales no renovables. Llegó a decir que los financistas a menudo crean más víctimas y desgracias que las bombas de los anarquistas. Contra el peligro de la desintegración nacional era preciso tener un Estado fuerte, que debería estimular los grandes proyectos necesarios para el crecimiento económico bajo condiciones modernas. Las elites habían estado tradicionalmente desorientadas por su tendencia a adoptar modelos y criterios morales incubados en el extranjero. El moralismo no era una solución, pues implicaba la "supremacía de virtudes pasivas y negativas (...) común a épocas de declinación y a pueblos en estado de abatimiento", desvalorizando a las más constructivas "virtudes del sentimiento y del carácter que inspiran la dedicación de la vida y de la actividad a ideas y causas superiores". La estabilidad política y el crecimiento económico necesitaban un gobierno fuerte, y éste a su vez sólo existe cuando hay una nación, "homogénea en sus elementos, o fuertemente subordinada a un espíritu, un móvil, una aspiración, o una clase preponderante". En esta última frase existe en potencia toda una potencial sociología de la construcción de la nacionalidad. Torres admitía que con esos criterios Brasil era una nación artificial, si se la comparaba con las más antiguas y establecidas sociedades de Europa y Asia, pero precisamente por eso necesitaba "la creación (...) par en haut de (...) hábitos, (...) reflejos, y del instinto de conservación y de progreso nacional". La principal propuesta constructiva de Torres fue una revisión constitucional, publicada en su obra A organizaçao nacional (1914), que debería haber creado un régimen mucho más centralizado, introduciendo, al lado de la Cámara de Diputados elegida por el pueblo en general, un Senado con fuertes elementos corporativos añadidos a los de designación estadual. El presidente sería elegido por un colegio electoral especial, lleno de representantes profesionales; mientras que un cuarto poder, el Poder Coordenador, designado conjuntamente por el Ejecutivo, el Congreso, y altos funcionarios judiciales y académicos, daría orientación a la política nacional, Ideas políticas y sociales en la América Latina del siglo XX Torcuato S. Di Tella Documento descargado de http://www.educ.ar 14 al designar procuradores en los estados y municipios, para supervisar su funcionamiento. No había mucho lugar para los partidos políticos en este esquema, pues se veía como inconveniente el volver a un régimen de gobierno basado en representantes elegidos meramente en base al número de sus simpatizantes. No confiaba en los resultados de elecciones libres, porque dado el estado cultural de las masas, éstas seguirían siendo por mucho tiempo instrumentos de clanes locales. Sin embargo, no pensaba que se debiera prohibir la existencia de partidos políticos, y además daba gran importancia al mantenimiento de las garantías cívicas, así como a la libertad de prensa y de asociación, lo que lo ubica firmemente en la tradición liberal. Sus ideas corporativistas no tienen nada que ver con el aún inexistente fascismo, y pueden más bien emparentarse con las que se encuentran en las obras de Herbert Spencer o Emile Durkheim, o en el pensamiento social católico.19 Torres tuvo un pequeño grupo de discípulos, que proliferó después de su muerte, convirtiéndolo en profeta del despertar nacional, y también de ideologías autoritarias que difícilmente habría aprobado. En primer lugar entre esos discípulos se destaca Francisco José Oliveira Vianna (1885-1951) quien, sin embargo, estaba mucho más preocupado por el tema de la raza como causa de los problemas del Brasil. En su temprana obra sociológica, Populaçoes meridionais do Brasil (1920), Oliveira Vianna expone gran parte de su pensamiento, luego desarrollado en numerosos libros. Estaba proyectada como primera parte, referida a la región central del Brasil (Rio de Janeiro, Sao Paulo y Minas Gerais), de un estudio más amplio. Analizaba en ella el carácter predominante de los estratos populares de esa región, denominados matutos, dedicados a la agricultura más bien que a la ganadería. Esta población, básicamente pasiva y deferencial, sería luego comparada con los más agresivos jinetes del extremo sur (Rio Grande do Sul), los gauchos, y con los del norte y nordeste (de Bahia hacia arriba), los sertanejos. La docilidad de los matutos sería resultado de sus características raciales y del medio ambiente. La ausencia de la autoridad central en el interior del país obligaba a la gente a depender de la autoridad del notable local, quien organizaba bandas armadas para defenderse y defender a sus dependientes de cualquier tipo de agresión externa. Por eso es que el hombre común sufre angustia si no tiene un jefe. De esa manera se formaron los clanes locales, con fuertes ligazones verticales, y llegaron a un modus vivendi entre sí, manteniendo la paz en el campo. En cambio, en los extremos norte y sur los más violentos sertanejos y gaúchos estaban incorporados en una continua guerra de pequeña escala, a veces convertida en guerra civil abierta o aún en rebeliones populares. El resultado era una sociedad más parecida a la de las repúblicas hispano americanas vecinas, gobernadas por tiranos sanguinarios como Rosas o López, única manera de tenerlas tranquilas. El hecho de que la parte principal del Brasil estuviera dedicada a la agricultura, con sus clanes asentados sobre la lealtad de los matutos, evitó al país una semejante violencia

Del nacionalismo al populismo

Durante los prósperos años veinte la Argentina no experimentó la agitación de tipo tenentista que cundía en Brasil y Chile. Una corriente nacionalista existía en las Fuerzas Armadas, pero ella tomó formas más decididamente conservadoras. El nacionalismo había sido alimentado, en buena parte, en la reacción ante la inmigración europea, por parte de elites y de intelectuales que la veían como fuente de anomia y de decadencia cultural capaces de generar condiciones de revolución social. Ricardo Rojas (1882-1957), con su La restauración nacionalista y Eurindia, indicó la necesidad de retornar a las tradiciones nativas - o españolas - incluyendo la integración de la cultura indígena. Inspirado en esas ideas escribió un drama, Ollantay, basado en una antigua tradición incaica. Manuel Gálvez (1882-1963), un novelista que ponía sus ideas en boca de sus personajes, estaba más en sintonía con el fascismo europeo. La biografía que escribió de Hipólito Yrigoyen lo destaca no tanto como demócrata, sino como dirigente de masas, al estilo de Mussolini. Leopoldo Lugones (1874-1930), poeta ampliamente reconocido en su país, evolucionó desde su temprano anarquismo hacia posiciones liberales, para luego adoptar actitudes autoritarias, que proclamó en 1924, en un discurso pronunciado en la celebración americana de la batalla de Ayacucho, cuando anunció que había llegado "la hora de la espada". Algunos conservadores liberales de cuño más tradicional, como Lucas Ayarragaray (1861-1944), le respondieron que el sistema tenía sus propios correctivos, y no era necesario sembrar alarma, pero mucha gente siguió las ideas de Lugones. En la Izquierda también crecía un fermento nacionalista, con colores latinoamericanistas, como en Manuel Ugarte (1878-1951), que había adquirido fama con su El porvenir de América Latina (1911). Rompió tempranamente con el partido Socialista de la Argentina, demasiado poco preocupado por el dominio norteamericano en el continente, y continuó con una activa prédica antiimperialista, hasta que en sus últimos años adhirió al peronismo.32 Ante el entusiasmo popular generado por la segunda presidencia de Yrigoyen (1928- 1930), y algunas medidas económicas poco apreciadas por las sectores empresarios internacionales, los preparativos de un golpe arreciaron, hasta estallar en septiembre de 1930, inaugurando una larga etapa de 50 años de pretorianismo de masas e inestabilidad. Julio y Rodolfo Irazusta, desde las páginas de La Nueva República (1927-1931), contribuían a la creación de una nueva ideología para una clase dirigente resucitada, capaz de unificarse, primero a sí misma, y luego al resto de la sociedad bajo su liderazgo. Buscaban inspirarse en la vida e ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, una mezcla de conservadorismo tradicional y populismo, inmune a excesivos pruritos constitucionales. Esa generación de nacionalistas, en general identificados tanto con Rosas como con los regímenes fascistas, incluía a Carlos Ibarguren, Ernesto Palacio, Virgilio Filippo y Manuel Fresco, gobernador de Buenos Aires (1936- 1940) ducho en colocar votos en las urnas cuando los electores no lo hacían de propia voluntad. En principio deseaban renovar al partido conservador (denominado Demócrata Nacional), para sensibilizarlo a la temática de la justicia social y a la necesidad de integrar a la clase obrera. Al mismo tiempo un grupo de pensadores católicos se reunía en la revista Criterio, dirigidos por Monseñor Gustavo Franceschi. La renovación de las ideas católicas merecía primordial atención en esta revista, y se exploraban alternativas desde el falangismo a una democracia liberal con sensibilidad social, rechazando en general las formas más extremas del totalitarismo. De manera más tecnocrática, Alejandro Bunge (1880-1943), en su Revista de Economía Argentina y varios libros muy influyentes, estudiaba las posibilidades de renovación económica, promoción industrial, integración con los países vecinos, y legislación de tipo social cristiano. La Unión Cívica Radical, después de su derrocamiento en 1930, se había reorganizado bajo la conducción moderada de Marcelo T. de Alvear. El ala "antipersonalista"  del partido se había separado ya desde 1924, y cooperó luego con los Conservadores y los Socialistas Independientes apoyando al golpe de 1930. Como reacción contra este contubernio se creó el grupo FORJA, una usina ideológica inspirada por Arturo Jauretche, un prolífico escritor dedicado a la revisión de la historia argentina y a la incorporación de elementos nacionalistas a la ideología radical, rechazando las tendencias internacionales de la intelligentsia local. De todos modos, la mayor parte del público ilustrado siguió en la orientación liberal moderadamente de izquierda de pensadores como Alejandro Korn (1860-1936), empeñado en contrarrestar el credo positivista de una generación anterior, o Ezequiel Martínez Estrada (1895- 1964), quien en su Radiografía de la pampa (1933) dio una visión muy pesimista de las características intelectuales del país. Martínez Estrada lamentaba la muy difundida falta de aceptación de los aspectos reales del país, con las que era necesario reconciliarse, porque, contrariamente a lo que creía Sarmiento, "civilización y barbarie son una y la misma cosa".33 A medida que avanzaba la "década infame" las esperanzas de un mayor número de gente se concentraban en la experiencia soviética. Aníbal Ponce (1898-1938), un discípulo del Ingenieros tardío (que había visto con simpatía las nuevas experiencias del Este) fue su principal figura, que intentaba integrar el humanismo con la conciencia de clase, en obras como Humanismo burgués y humanismo proletario, y Educación y lucha de clases (1936). Cuando los militares golpearon de nuevo en 1943 ya existían, por lo tanto, los elementos ideológicos, internacionales o latinoamericanos, para ser mezclados de manera explosiva por un individuo o una elite creativos. Detrás de estas posibles combinaciones estaba la necesidad de proteger a la creciente industria, que se había robustecido durante los años treinta, y luego bajo la protección inducida por la guerra. Los militares, por sus propias razones, deseaban asegurar la continuidad del proceso durante los previsiblemente difíciles años de la posguerra. Había un temor de que después del conflicto bélico se sufriera una catástrofe, si no se adoptaban políticas económicas radicalmente innovativas. Una continuación del gobierno conservador, con sus prioridades claramente colocadas en el agro, era vista por muchos como amenazante no sólo para la prosperidad de los industriales, sino también para la estabilidad de la nación. Se temía a la desocupación como fuente de agitación social, a la que añadirían combustibles los inmigrantes europeos endurecidos por la experiencia bélica. Un verdadero Gran Miedo atenaceó a importantes sectores de las clases dirigentes, estimulado por los militares, convencidos de que quien ganaba las guerras era el "General Industria".

Replanteos en la Izquierda: populismo y revolución social

En Chile la Izquierda, después de pasar por la experiencia del Frente Popular (que duró, con diversas reorganizaciones, desde 1938 a 1948), y teniendo que enfrentar el giro a la derecha del presidente radical Gabriel González Videla, comenzó a mirar con interés a la experiencia aparentemente muy próspera, y "socialmente justa", de su vecino transandino. Los Socialistas, impulsados por su teórico Clodomiro Almeyda, muy conocedor de los textos de autores como Juan José Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos, iniciaron una estrategia de convergencia con movimientos populistas, independientemente de las ideas que pudieran tener sus carismáticos jefes. Esto implicaba apoyar al General Carlos Ibáñez, quien después de haber pasado por prácticamente todas las tiendas políticas ahora aparecía como candidato antipartidocrático, siguiendo el camino de Perón. En varios otros países de América Latina algunos militares también se proponían emular el milagro peronista, o sea: una combinación de gobierno firme, crecimiento industrial, humanización del capital, y cooptación del sindicalismo. Manuel Odría lo trató en Perú (1948- 56), pero fracasó, y fue derrocado después de perder el apoyo de los conservadores, alarmados ante las consecuencias no necesariamente premeditadas de lo que estaba tratando de hacer. Lo mismo intentó Gustavo Rojas Pinilla en Colombia (1953-1957), secundado por el intelectual socialista Antonio García, y por muchos antiguos Gaitanistas, que veían una oportunidad para romper el predominio de la oligarquía bifronte de Conservadores y Liberales. García sintetizó sus ideas en un ensayo, Gaitán y el problema de la revolución colombiana (1955), explicando su propio programa de reformas sociales bajo conducción autoritaria. Sin embargo, a Rojas le pasó lo mismo que a Odría, pues se enajenó a la clase alta sin conseguir movilizar a fondo a las masas, aún cuando su partido consiguió una respetable representación electoral por unos cuantos años, después de lo cual desapareció del mapa. En Brasil la Izquierda también se reconcilió con Vargas, especialmente después de su suicidio en 1954. La evolución intelectual del antiguo dictador había acompañado, en muchos sentidos, el drama de su generación. Había comenzado como integrante un poco periférico de la elite política de Rio Grande do Sul, formado en la escuela positivista de Júlio de Castilhos y de Borges de Medeiros, quienes habían pensado que su estado podía evitar la suerte caótica de las vecinas repúblicas si conseguía consolidar instituciones progresistas bajo un gobierno firme con la menor participación popular posible. Durante su primer y largo período de gobierno a nivel nacional (1930-1945) Vargas se rodeó de los tenentes y de otros desarrollistas autoritarios, y se fue acercando al modelo mussoliniano. Pero más adelante siguió la corriente de los tiempos, y se definió a favor de una forma nacional de socialismo, y esta vez no había confusión con la perimida variedad germánica. Eran los años en que parecía que el populismo finalmente se volvería revolucionario, como inevitable resultado de su base social.
La Revolución Cubana tuvo, lógicamente, un inmenso impacto en la Izquierda y entre quienes se identificaban con el hemisferio popular de la política. En la Argentina el derrocamiento de Perón en 1955 había ocasionado, ya, serias reconsideraciones. Ahora se veía a la "democracia formal" con sospechas, mientras que empalidecían los casos de violación de libertades públicas por el régimen de Perón, ante su capacidad de representar la voluntad popular. Aún intelectuales de derecha, como el filósofo Carlos Astrada, evolucionaron desde sus preferencias fascistas hasta una aceptación de las más radicalizadas formulaciones del marxismo. Amplios sectores de la Izquierda adoptaron tácticas violentas y se unieron al peronismo, generando dentro de él la Juventud Peronista y el movimiento armado Montonero, y afuera pero en alianza, el trotskista Ejército Revolucionario del Pueblo. John William Cooke, un peronista con antecedentes forjistas, expresó esta mutación ideológica, que tenía como inspiradores a la tríada de Perón, Mao Tse Tung y el Che Guevara. La alianza entre el principal movimiento popular del país y las formaciones guerrilleras, que duró desde por lo menos 1969 hasta 1973, creó una enorme fuerza social, que logró imponérsele al régimen militar, obligándolo a conceder elecciones libres. Una vez que esa heterogénea coalición popular llegó al poder (1973), se imponía dirimir internamente la hegemonía. El cuerpo principal de los peronistas, anclado en los sindicatos y apoyado por la pequeña pero influyente extrema derecha que también operaba dentro del movimiento, finalmente expulsó a los Montoneros y otros izquierdistas, iniciando una sangrienta persecución, luego completada por el nuevo régimen militar que se impuso de 1976 a 1983. Esta lucha interna tuvo importantes consecuencias, pues desde entonces el peronismo no ha gozado de simpatía entre los grupos de izquierda. El impacto ideológico de la Revolución Cubana también se dejó sentir en el Brasil, donde fue responsable de la radicalización del gobierno de Joao Goulart (1961-1964). Goulart llegó al poder de manera inesperada, debido a la renuncia del Presidente Jánio Quadros.38 Una guerra civil se preparaba, pero se la evitó por un pacto que introdujo el sistema parlamentario, para reducir a la nulidad los poderes de Goulart. Debido a las características del electorado brasileño y de sus partidos políticos, el Congreso en general era marcadamente conservador. Esta parlamentarización de Joao Goulart se convirtió en una experiencia paradigmática para el pensamiento político brasileño y latinoamericano. Tradicionalmente, se había visto al ejecutivo fuerte como un recurso de la Derecha, contra un eventual dominio del Congreso por una combinación de partidos políticos que podían ir del centro hasta la izquierda. Ahora, en cambio, con un electorado semi movilizado, parecía evidente que un ejecutivo fuerte, si podía ser capturado por un líder progresista, nacional y popular, potencialmente revolucionario, se convertiría en palanca de cambios sociales radicales. Parecía que las masas, en su presente estado, sólo podían ser estimuladas a la acción, dejando de lado su secular sueño, por un dirigente carismático, que se convirtiera en vehículo de sus esperanzas. Esas mismas masas, cuando tenían que votar por legisladores, o aún gobernadores estaduales, eran capaces de dar sus preferencias a notables locales.


*Nuevas ideologías en elaboración
La teoría de la dependencia, desde el final de los años sesenta, había estado cuestionando los planteos de la ciencia social dominante, que venía del Norte. Argumentaba que la asimetría en las relaciones internacionales de poder hacía prácticamente imposible para los países de la periferia el desarrollarse de manera autónoma. Sin embargo, el principal libro en que se expuso esta línea de pensamiento, de Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, fue significativamente titulado Dependencia y desarrollo (1969), y debía mucho al trabajo pionero de Florestán Fernandes, quien a partir de un interés en el funcionalismo se reorientó en dirección marxista. Dependencia y desarrollo planteaba una tesis que se perfilaba como polémica con la que estaba entonces más en boga, elaborada entre otros por Celso Furtado (A pre-revoluçao brasileira, 1963), según la cual la dominación imperialista no daba lugar para el desarrollo en los países del Tercer Mundo. Las implicaciones revolucionarias de esta afirmación eran obvias, pues el crecimiento demográfico y el aumento en la educación, bajo condiciones de estancamiento económico, no podrían menos que estimular agudas tensiones en varios niveles de la pirámide social. Cardoso y Faletto argumentaban, en cambio, que el desarrollo podía ocurrir, pero en condiciones de rígida dependencia, no sólo económica sino política y social, ejemplificadas con el régimen militar entonces vigente en Brasil. Las consecuencias políticas que se derivaban del libro no eran evidentes. Para quienes Ideas políticas y sociales en la América Latina del siglo XX Torcuato S. Di Tella  estaban dispuestos a aceptar el precio de un sistema autoritario y una dominación internacional, con tal de conseguir el desarrollo económico, podía no haber problema. La mayor parte de los lectores, sin embargo, valorizaban la autonomía nacional y las reformas sociales, incluyendo elementos de socialismo, demasiado altamente como para aceptar esa salida. Pero la teoría, al sobre enfatizar el poder de los factores internacionales, de hecho subvaloraba el rol de la capacidad de maniobra política, representada por los dirigentes reformistas de diverso cuño. Otras versiones del enfoque dependentista, en autores como André Gunder Frank o Theotonio dos Santos, planteaban un escenario mucho más negro, pronosticando un aumento de la pobreza, o el "desarrollo del subdesarrollo". Esta versión dejaba sólo una puerta abierta para muchos miembros de la nueva generación: la lucha armada. En Chile, después de la pequeña mayoría relativa alcanzada por la Unidad Popular de Salvador Allende (1908-1973) en 1970, con un Congreso controlado por la oposición, una nueva experiencia paradigmática iba a vivirse. De nuevo resultó que la Presidencia se convertía en la principal esperanza de quienes exigían cambios radicales. A pesar de la persistencia de algunos enclaves de conservatismo rural, en Chile tanto la Derecha como el Centro eran mucho más modernos que en Brasil. Esto no fue percibido por los dirigentes de la Unidad Popular, que en su mayoría creían que la Derecha no tenía lugar legítimo en una verdadera democracia, y por lo tanto estaba destinada a desaparecer una vez que la ilustración llegara a las masas. Allende y varios de sus asesores eran bastante pragmáticos, pero la mentalidad de muchos militantes y de prominentes ideólogos no estaba preparada para las negociaciones y equilibrios necesarios en un programa de reforma social cuando no se poseía una clara mayoría. En 1971 Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, inspirada en Les damnés de la terre (1961), de Franz Fanon, se convirtió en un best seller, y en la Biblia del cambio social radical, basada en una lectura muy dramática de la historia del continente. Cuba era el modelo, la democracia liberal a lo sumo una etapa transitoria hacia ese ideal. Un amplio sector de la intelligentsia de la región buscaba frenéticamente alternativas al empantanamiento típico de un régimen constitucional liberal demasiado lleno de controles y bloqueos como para cambiar. Muchos llegaron a la conclusión de que en algún momento un golpe de mano, si no una revolución, era necesario para acelerar el tempo histórico. Esto podía tomar dos formas, a saber, el uso pleno de las facultades presidenciales, aún cuando constitucionalmente dudosas, o, eventualmente, un complot para usar a un sector de los militares para desencadenar un golpe progresista. Perú mostraba el camino, en este tema. En 1968 los grados militares más altos, especialmente los ligados a la inteligencia y contrainsurgencia, habían derrocado al muy moderadamente reformista y desacreditado Fernando Belaúnde Terry. Según parece, en sus esfuerzos por aniquilar a la guerrilla, muchos jefes de las Fuerzas Armadas se habían convencido de que la única forma de hacerlo era a través de un conjunto de reformas radicales. El régimen que establecieron, dirigido por el General Juan Velasco Alvarado (1968-1975) no se planteó la realización de elecciones, y no toleraba la existencia de partidos políticos. Más bien, prohijaba la expresión más o menos espontánea de demandas populares, filtradas desde las bases en barriadas, sindicatos, comunidades de fábrica, cooperativas, y otras organizaciones semejantes. Al mismo tiempo, se expropiaron las grandes haciendas, productivas o no, se nacionalizaron las compañías extranjeras, sobre todo en la minería, se estructuró a las empresas industriales de tal manera que una parte de las ganancias fuera a la comunidad de sus trabajadores, hasta que éstos adquirieran el 49% de la propiedad, y la prensa nacional fue expropiada y entregada a organismos populares o a grupos de periodistas. Este paquete era difícil de interpretar teóricamente, pero contó con bastante simpatía entre los activistas de izquierda o populistas. La mayor parte de la intelligentsia, tanto en el Perú como en el resto de América Latina, se sintió irresistiblemente atraída hacia este modelo, que parecía ser más realista que el cubano, por la simple razón de que los militares lo podían apoyar. 











TEMA # 5: HECHOS HISTÓRICOS SOBRESALIENTES DE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX


  1. A partir de la segunda mitad del siglo XX, se perfecciona la técnica quirúrgica para el trasplante de órganos y se inicia el desarrollo de medicamentos inmunosupresores.

     
En 1955 William Welch trasplantó el primer hígado en el animal y en 1967 Thomas E. Starzl lo llevó a cabo en el hombre.
El primer intento de trasplante pulmonar en el hombre lo realizó Hardy de la Universidad de Misissipi en 1963. A principios de 1980 Cooper, de la Universidad de Toronto, gracias a los avances técnicos alcanzados y a la posterior introducción de la ciclosporina inició un programa de trasplantes pulmonares con mejores resultados.
El primer ensayo de trasplante de páncreas vascularizado en el hombre lo llevó a cabo Richard C. Lillehei en 1966.
Christian N. Barnard realizó en diciembre de 1967 el primer trasplante cardiaco en el ser humano. 
Los primeros trasplantes de médula ósea en el hombre los llevaron a cabo Jammet y Mathé en Paris en 1957. Sin embargo, el desarrollo de esta modalidad terapéutica se alcanzó 20 años después con el mejor conocimiento del sistema HLA, el progreso de la terapia anti infecciosa y del soporte hemoterápico.
La introducción de nuevos fármacos que actúan de forma más eficaz y selectiva sobre el sistema inmunitario, el mejor conocimiento del proceso de rechazo y de los mecanismos de tolerancia, la profilaxis eficaz y el mejor tratamiento de las complicaciones del trasplantado, conducirán a una mayor supervivencia de receptores e injertos a corto y largo plazo.

















*LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX E INICIOS DEL XXI

Contexto histórico y sociocultural Estados Unidos se convirtió en la La caída del Muro de Berlín única potencia mundial y nacieron nuevos bloques económicos, significó el inicio de un nuevo como la Unión Europea, China, orden internacional. Japón y los países del sudeste asiático. Caída del Muro de Berlín, noviembre de 1989. Este hecho supuso el fin de los regímenes comunistas en Europa. Con ello, terminó la Guerra Fría y la Unión Soviética se desintegró en varias repúblicas.


Desde el punto de vista médico nuestra época puede ser considerada como la “era de los trasplantes de órganos y tejidos” dado el elevado número de ellos y el aumento de los buenos resultados.








EL MEDIO SIGLO XX
Desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial hasta los comienzos del gobierno militar de Rojas Pinilla podría abarcar este periodo denominado «el medio siglo». Desde el gobierno de Alberto Lleras Camargo (1946) hasta el golpe militar contra Laureano Gómez (1953) se definiría una de las etapas más convulsionadas e importantes de la historia colombiana del siglo XX. El momento más álgido de la «violencia», el único golpe militar del presente siglo, los primeros «planes de desarrollo» auspiciados por agencias internacionales, los gérmenes del movimiento guerrillero contemporáneo, la abstención electoral del Partido Liberal en dos elecciones consecutivas, el intento de una reforma constitucional de carácter corporativista y cuatro intentos de gobiernos compartidos por los dos partidos tradicionales, son hechos históricos particulares que caracterizan a Colombia al doblar el siglo XX y definen con asombrosa determinación el proceso seguido por el país durante la segunda mitad de esta centuria.
La importancia histórica del «medio siglo XX» proviene precisamente de allí, es decir, de que prepara las condiciones inmediatas del FRENTE NACIONAL, no solamente por las necesidades subjetivas que crea, sino por las circunstancias objetivas que desarrolla, ante las cuales los dirigentes que controlan el curso del país en ese momento responden con un extraordinario sentido de defensa propia y de visión realista frente a la situación política nacional e internacional.

1948: UN HITO HISTÓRICO
Nunca se sabrá quien asesinó a Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 en pleno centro de Bogotá. Las masas enfurecidas se organizaron espontáneamente y buscaron por toda la ciudad a Laureano Gómez a quien culpaban del crimen. Después enfilaron su ataque contra el Palacio de Nariño acusando al Presidente Ospina Pérez de haberlo mandado matar. No se hizo esperar la respuesta del gobierno sindicando al «comunismo internacional» de un acto de alta provocación destinado a desatar la insurrección y tomarse el poder. El veredicto de las masas quedó inconcluso porque fracasaron en su búsqueda y porque no tuvieron ni la organización ni la dirección suficientes para lograr su cometido. El gobierno, por su parte, rompió relaciones con la Unión Soviética, expulsó a sus diplomáticos, ilegalizó el Partido Comunista y tejió toda clase de fábulas para implicar al estudiante Fidel Castro que, por ese entonces, no pertenecía a ningún partido revolucionario pero que recorría América Latina en una campaña antiimperialista contra la dominación norteamericana sobre el continente.
Cuenta Fidel Castro que Gaitán les había prometido a los estudiantes organizadores de aquella reunión latinoamericana, especie de anti-Conferencia Panamericana paralela a la que se celebraba por esos días en Bogotá y a la cual asistía como jefe de la delegación norteamericana el General Marshall, el mismo del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa, pronunciar el discurso inaugural y, con ese fin, los habla citado en su oficina para las dos de la tarde de esa misma fecha del 9 de abril. Gaitán había sido vetado por el Jefe del Partido Conservador, Laureano Gómez, para representar a Colombia en la Conferencia. Temía el gobierno y se horrorizaba Laureano ante la perspectiva de que Gaitán la emprendiera contra Estados Unidos en plena reunión continental. Excluido de la representación oficial del país, Gaitán aceptó la invitación de la conferencia estudiantil antiimperialista y les prometió apoyo económico. Cuando Castro y sus amigos descendían hacía la carrera séptima esperando la hora de la audiencia, ya las masas bogotanas habían empezado a recorrer las calles del centro de la capital enfurecidas por el crimen de su caudillo.
En el momento de su muerte, Gaitán era el jefe indiscutido del Partido Liberal. Había llegado a esa jefatura, parte por la claudicación de los demás dirigentes liberales, parte por la extraordinaria ascendencia que habla adquirido sobre el pueblo. Derrotada electoralmente su candidatura presidencial en 1946, convirtió en victoria política dentro de su partido la votación minoritaria que había logrado después de que los demás connotados representantes de la cúpula liberal hicieron mutis por el foro ante la pérdida del poder. Profundas contradicciones de concepción política, de programa ideológico, de estilo partidario se habían desarrollado entre Gaitán y cada uno de los componentes de la exclusiva torre dirigente liberal. Principalmente con Lleras Restrepo, con quien había sostenido una agria polémica en la década del treinta sobre la política agraria, y con López Pumarejo quien lo había destituido fulminantemente de la Alcaldía de Bogotá temeroso como estaba el Presidente de perder su predominio en el liberalismo bogotano ante las masas populares y a cuya reelección se había opuesto radicalmente, sus diferencias se habían hecho cada vez más irreconciliables.
Decidido a no aceptar más las imposiciones de la dirigencia liberal lanzó su candidatura a la presidencia para el periodo 1946-1950 contra viento y marea. Fue llenado de oprobio y de insultos por su alevosía. Entre tos tres candidatos, sólo obtuvo el último lugar, pero logró con su votación poner en aprietos al Partido Liberal y desafiar la táctica del gobierno de Ospina Pérez para consolidar un gobierno de colaboración entre los dos partidos tradicionales. Gaitán ganó las elecciones de mitaca en 1947 y el Parlamento quedó de mayoría gaitanista. Fue el preludio fallido de un triunfo electoral de Gaitán en las elecciones presidenciales de 1950. Los primeros meses de 1948 fueron testigos de la «manifestación del silencio» contra la violencia oficial organizada por él, de su oposición contra el colaboracionismo del Partido Liberal en el gobierno y de la postura antiimperialista frente a la Conferencia Panamericana de Bogotá. Por estas razones y por el profundo arraigo logrado en su lucha política, el pueblo asimiló el asesinato de Gaitán como un crimen contra sus propios intereses.

Jorge Eliécer Gaitán se sometió a las reglas del juego del Partido Liberal desde 1935 pero nunca abrazó los presupuestos programáticos de las decisivas Convenciones de Ibagué y de Apulo, las cuales definieron el curso de ese partido durante este siglo. El capitalismo de Estado preconizado por ellas coincidía en mucho con el socialismo no bien determinado de Gaitán, pero la concepción critica de éste sobre la estructura política nacional, sobre la organización obrera, sobre el problema de la tierra, sobre las relaciones con Estados Unidos y sobre la dirección exclusivista del Partido, lo mantuvieron en permanente conflicto, unas veces agudizado por las contradicciones internas, otras suavizado por el intento de los jefes liberales de incorporarlo con premios y halagos al liderato oficial.

LA TRANSICIÓN HACIA EL FRENTE NACIONAL
Durante este periodo se ensayaron regímenes compartidos por las dos colectividades tradicionales en el curso de tres gobiernos. Pero, si se tiene en cuenta las dos etapas del gobierno de Ospina Pérez -antes y después del nueve de abril- los gobiernos compartidos llegaron a ser cuatro: el de Lleras Camargo, los dos de Ospina Pérez y el de Rojas Pinilla, por lo menos hasta el rompimiento con la jefatura de los partidos. Las diferencias ideológicas y programáticas entre el Partido Liberal y el Partido Conservador fueron desdibujándose lenta pero seguramente desde el gobierno de Reyes y de la Unión Republicana, pasando por el «candidato nacional» -Sr. Concha- proclamado por Uribe Uribe en 1914, por los primeros programas de modernización con endeudamiento externo preconizada por el General Ospina y por el gobierno de «concentración nacional» de Olaya Herrera.
El mismo López Pumarejo que había defendido arduamente en su periódico El Nacional la colaboración con el General Ospina, conservador, y que se opuso «racionalmente» al experimento de Olaya Herrera con el argumento de la necesidad de los gobiernos de partido, ofreció a Laureano Gómez -su compañero de muchas aventuras políticas-, tal como lo cuenta Lleras Restrepo en sus Borradores para una historia de la República Liberal tres puestos en el gabinete a los conservadores que el mismo jefe de ese partido escogiera. A pesar de las contradicciones que se generaron entre ellos, López Pumarejo hizo nombrar a Ospina Pérez como Gerente de la Federación Nacional de Cafeteros. Durante cuarenta años los grandes dirigentes del Partido Liberal, entre ellos sus dos figuras proceras -Benjamín Herrera y Rafael Uribe Uribe- se acomodaron en formas diversas a los gobiernos de la llamada «hegemonía conservadora». En el mismo período liberales y conservadores compartieron los cargos de dirección que orientaron el desarrollo económico del país, principalmente, en la construcción del sector financiero que llegaría a ser la columna vertebral de la economía para mediados de siglo.
Unas colectividades históricas, enfrentadas en grandes guerras civiles durante el siglo XIX, no tenían cómo coligarse súbitamente a no ser que ellas mismas o la historia del país hubieran sufrido transformaciones radicales. Sin embargo, este «medio siglo» que sirve de testigo al mayor número de intentos de «frentes nacionales», se constituye en la etapa del peor enfrentamiento y de las más grandes luchas entre el Partido Liberal y el Partido Conservador a lo largo del siglo XX, precisamente durante los años de «la violencia». Esta contradicción es la que consolida ese proceso de transformación de los partidos tradicionales que se venían gestando a través de hechos muy significativos de la historia contemporánea.
Lleras Camargo, quien había asumido el gobierno después de la renuncia de López Pumarejo, al examinar la situación nacional e internacional el 11 de agosto de 1945, anunciaba al país que se estaba aproximando un cambio radical en la vida política:
«Permitidme, señores» -anunciaba con toda la solemnidad del caso- «que aproveche esta ocasión, ofrecida por vosotros como miembros del partido liberal, al cual pertenezco, en el cual vengo militando desde que inicié mi carrera pública y a cuya adhesión debe ella todos sus desarrollos, para hablar, brevemente, sobre cómo entiendo que nos aproximamos a una vasta evolución que debe cambiar algunas de las bases de nuestra organización política» .
Un mes después nombraba tres conservadores en el nuevo Ministerio, a Fernando Londoño y Londoño de Relaciones Exteriores, a Francisco de Paula Pérez de Hacienda y Crédito Público, y a José Luis López de Economía Nacional. Por eso, haciendo un análisis de la situación creada por las elecciones presidenciales que se aproximaban, definía de la siguiente forma el carácter del cambio que se avecinaba:
«La colaboración de los dos partidos tradicionales en las tareas del Gobierno, ofrecida libremente por uno, aceptada por el otro, incondicionalmente, como se hizo conmigo, o sujeta a condiciones, es un elemento esencial de la paz, especialmente en épocas tan oscuras y difíciles como las que vive la República, como forzosa consecuencia de su estrecha vinculación a un mundo destrozado por la más perturbadora de las guerras» .
Defendía, además, que las barreras ideológicas y programáticas de los partidos se habían ido borrando, pero solamente entre los dirigentes, mientras en la base de las dos colectividades «se sigue luchando con la aspereza y el rigor de tiempos y circunstancias desaparecidos». Se imponía, para él, superar esta contradicción, porque el país no podía seguir viviendo en esa lucha interna, en momentos en que la situación internacional y las nuevas «exigencias de la economía mundial» requerían un esfuerzo coligado de todas las fuerzas políticas:
«Todo ello exige de nosotros un máximo esfuerzo, que no puede ser obra de un solo grupo humano, ni nadie puede realizar contra la oposición intransigente de una parte de la Nación. Tenemos que cambiar, ante todo, nuestra mentalidad agresiva y dogmática, para abrirle campo a la discusión libre y sagaz de los nuevos problemas. Sobre ellos se irán creando, naturalmente, las grandes diferencias del porvenir que sustituyan la intrépida batalla personalista que elude el campo y los motivos contemporáneos para enriscarse en las guerrillas aldeanas, en interminables encuentros estériles. Los partidos, a medida que recojan en sus programas un mayor número de intereses actuales y vivos de los colombianos, irán sufriendo bruscos y grandes deslizamientos de su población electoral, unos a favor, otros en contra. No podrán pretender que interpretan y concilian todos los antagonistas y su acción será más concreta y precisa sobre la opinión, y más arriesgada, en cuanto mejor la refleje» .
El Frente Nacional quedaba así planteado por uno de sus futuros ideólogos casi quince años antes de su materialización con una claridad meridiana. Lo exigía la situación de Colombia en el mundo y lo requería la paz necesaria para el desarrollo nacional, eran sus dos argumentos fundamentales. Ospina Pérez coincidiría con estos planteamientos de quien fuera la mano derecha del gobierno de López Pumarejo y establecería dos gobiernos de Unión Nacional, partidos por los acontecimientos del 9 de abril de 1948. Con el acuerdo a que llegaron los comisionados liberales Luis Cano, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso Araújo, Darío Echandia y Plinio Mendoza Neira, en la noche del 9 al 10 de abril, fueron nombrados Darío Echandia Ministro de Gobierno, Fabio Lozano y Lozano Ministro de Educación, Pedro Castro Monsalvo Ministro de Agricultura, Jorge Bejarano Ministro de Higiene, Samuel Arango Reyes Ministro de Justicia y Alonso Aragón Quintero Ministro de Minas y Petróleos, con lo cual Ospina le entregaba la mitad del gabinete al Partido Liberal en uno de los momentos más dramáticos de la historia contemporánea. En la misma forma había repartido su ministerio en la etapa anterior al 9 de abril. De esta manera era fiel a su trayectoria política y a las conclusiones de la Convención Conservadora de 1946, la cual lo había proclamado candidato interpretando su pensamiento y su programa. La Convención había dejado sentado que:
«En los años por venir los gobiernos de partido son altamente perjudiciales para los pueblos, entre otros motivos, porque le restan a la labor común de protección y defensa los conglomerados sociales, capacidades y talentos, esfuerzos y virtudes que la sociedad tiene derecho a exigir de todos sus hijos en las horas difíciles de su historia. En tal virtud lo que Colombia necesita en estos momentos es un gobierno de Unión Nacional, no contaminado del espíritu de partido, en que sean llamados a colaborar todos los hombres capaces, para que en completa armonía, en un abrazo apretado de voluntades y esfuerzos, contribuyan a la obra común de progreso y bienestar nacionales. Esta será la forma de gobierno que implante el candidato si le fuere favorable la suerte de las urnas. Ningún espíritu ni exclusivismo de represalia podrá animarlo» .
Tres obstáculos se atravesarían al paso de estas propuestas frentenacionalistas y de esta concepción colaboracionista de los partidos tradicionales: 1) la política desarrollada por Jorge Eliécer Gaitán; 2) la posición hegemonista de Laureano Gómez; y 3) la contradicción entre la concepción de los dirigentes y el espíritu de las masas conservadoras y liberales.
Desde el día en que Jorge Eliécer Gaitán decidió desafiar con su campaña electoral las jerarquías de su partido en 1944 hasta, por lo menos, la amnistía concedida por Rojas Pinilla a los guerrilleros liberales a mediados de 1953, es decir, por casi diez años, la historia de Colombia quedó signada por la figura de Gaitán. Fue él quien derrotó al Partido Liberal y envió la oligarquía liberal a retiro forzoso. Su campaña política se orientó contra las dos oligarquías, como él mismo llamaba a las jerarquías de los dos partidos, con críticas que iban desde el rechazo a todas las reformas de López Pumarejo hasta el repudio de las prácticas corruptas de la administración pública. No aceptó en ningún momento la colaboración de los liberales en el gobierno de Unión Nacional y colocó su oposición como punto programático de su aspiración a la jefatura del partido. Nombrado jefe único del liberalismo en 1947, condujo las masas liberales a un movimiento de oposición contra Ospina de tal fortaleza que era considerado ya como el próximo triunfador de las elecciones presidenciales. Gaitán se había convertido en una amenaza real y tangible contra todos los intentos de gobierno de coalición entre los dos partidos del tipo que preconizaban Lleras Camargo, López Pumarejo, Santos, Ospina Pérez y otros jefes conservadores, con la excepción de Laureano.
Después de su muerte, la sombra de Gaitán mantuvo viva la oposición guerrillera de las huestes liberales del pueblo contra la coalición liberal conservadora y puso en aprietos, sobre todo, a la dirección liberal, -a la misma que se había enfrentado a Gaitán y que había corrido a aprovecharse de su asesinato para exigirle a Ospina les entregara el poder-, cuando requirieron de sus miembros una definición clara frente a la lucha que libraban. Desde la campaña antirreeleccionista contra López Pumarejo en 1942 Gaitán se fue convirtiendo en un obstáculo casi insalvable a la unión de las «oligarquías» y en 1948, cuando tenía en sus manos una de las llaves de la política colombiana, había llegado a ser el elemento decisorio en la intrincada maraña de la situación nacional.
Eliminado Gaitán del espectro político y salvado el peligro de su cerrada oposición a la política de coalición, pasó a primer plano un obstáculo que operaba ya desde mucho antes, pero que no habla llegado a ser tan determinante, la recalcitrante posición hegemonista de Laureano Gómez cuya aspiración máxima consistía en construir en Colombia un baluarte de la hispanidad, una defensa inexpugnable de la civilización cristiana, una réplica del franquismo español, y un eslabón del imperio hispanocatólico. De hecho era a Laureano a quien le correspondía la candidatura conservadora en 1946 por haber dirigido el Partido Conservador desde 1932 y haberlo conducido a las puertas del triunfo, pero su nombre hubiera enfrentado en tal forma las colectividades que el Partido Liberal no habría aceptado en ese momento su presidencia.
Los gobiernos de Unión Nacional, el asesinato de Gaitán, los sucesivos rompimientos de la coalición bipartidista debilitaron al liberalismo y lo ablandaron ante la candidatura Gómez. Una vez en el poder, Laureano no perdonó nada. El, personalmente, y su reemplazo, Urdaneta Arbeláez, enviaron los jefes liberales al destierro, trataron de aplastar todas las fuerzas conservadoras emergentes como la de Álzate Avendaño y rompieron sus relaciones con el expresidente Ospina. Ni siquiera perdonó en esa loca carrera arrasadora a la jerarquía eclesiástica, a la que no excluyó de sus diatribas. Obnubilados, los laureanistas no sólo eliminaban toda posibilidad de gobierno coligado, sino cualquier tipo de fisura ideológica o programática en el seno de su propio partido.
Lo que llenó la copa fue el intento de establecer una reforma constitucional de tipo corporativista, asesorada por el jesuita Félix Restrepo y ceñida a los principios generales del régimen fascista de Mussolini. Al Senado se le despojaba de su carácter político y se le convertiría en una asamblea gremial; el poder quedaba concentrado en el ejecutivo; se suprimía prácticamente la libertad de prensa y de expresión; desaparecía el derecho de huelga; se ilegalizaban los partidos políticos distintos a los dos tradicionales; las actividades políticas sufrían un control antidemocrático. En la mañana del 13 de junio de 1953, unas horas antes del golpe militar de Rojas Pinilla, publicaba Álzate Avendaño el furioso editorial de su Diario de Colombia contra el proyecto constitucional, en el cual clamaba:



«Se pretende con desparpajo convertir el cuerpo encargado de ejercer el poder de reforma, por delegación del congreso, en una recua de acémilas, que avanza bajo las interjecciones y la pértiga del caporal, por la empedrada vía histórica. Es preciso abdicar de la autonomía de la voluntad, los lujos dialécticos, las vanas cavilaciones y el hábito del raciocinio, porque el proyecto asume un dogmático acento laico de verdad revelada... Esta tentativa inverecunda de tocar a somatén y convocar al partido para que congregue en torno al contrahecho proyecto, con olvido de sus principios y sus responsabilidades, está destinada por fortuna a frustrarse. Los delegatarios no han sido ’operados’ como los mayordomos de ciertas herméticas residencias orientales o los cantores de coro en el renacimiento... Es menester evitar que nos embarquemos en un azaroso viaje con rumbo desconocido. Ni la delirante soberanía, ni el espíritu aventurero, deben prevalecer en esta emergencia. Si el malhadado proyecto se adopta, los días del régimen conservador están contados en el reloj de la historia. Tal vez se sostenga transitoriamente por medios coercitivos, pero a la postre el país se encabrita y reacciona, porque no aguanta esa jáquima» .
Gaitán, porque iba en pos de un gobierno popular contra las oligarquías; Laureano, porque cabalgaba sobre la obsesión de establecer un régimen hispánico, católico y corporativo; pero también las masas, porque no perdonaban el asesinato de su héroe o seguían sectariamente la aspiración eclesiástica de gobernar a Colombia como en la Edad Media -la unidad de las «espadas»-; lo cierto es que el frentenacionalismo pregonado y defendido por las jefaturas iluminadas de los dos partidos tradicionales no cuajó en esta etapa. Lleras Camargo lo había vislumbrado al referirse a la contradicción entre el pensamiento de los dirigentes y la tradición de las masas arraigadas en la militancia partidista inflexible. Doce años de conflicto, violencia, sangre y desolación fueron necesarios para madurar la conciencia popular y lograr que aceptara la alianza de las dos colectividades.

Se han dado en América Latina golpes de Estado de todo tipo, contra la izquierda y contra la derecha, contra el centro, contra la extrema derecha y contra la extrema izquierda. El único golpe de Estado de este siglo en Colombia no tuvo que ver nada con la izquierda. Fue un acto de desesperación del Partido Conservador en el poder ante la perspectiva de un cataclismo sin precedentes causado por la insania del gobierno laureanista. Pero la ratificación que le dio a Rojas Pinilla la Asamblea Nacional Constituyente (ANAC) el 15 de junio, recibió el apoyo de la Corte Suprema de Justicia, del Cardenal Crisanto Luque y de los jefes liberales Eduardo Santos, Carlos Lleras Restrepo y Abelardo Forero Benavides, entre otros. El liberalismo, disperso y descuadernado, vio en el golpe de Estado una salida esperanzadora a su desorden y a su desconcierto. En el gabinete del nuevo gobierno tomaron asiento antiguos ministros de Laureano, conservadores de oposición, militares y liberales. No era un gobierno de Unión Nacional, pero los dos partidos tradicionales habían aceptado colaborar.

LOS PARTIDOS A MEDIADOS DE SIGLO
Los pactos de Benidorm y Sitges, firmados por Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo, y el plebiscito de 1957, inaugurarían el período del FRENTE NACIONAL, de gobiernos compartidos institucionalmente, todavía vigente en 1985. Aunque rubricada esa alianza solamente por dos representantes de los partidos tradicionales, poco a poco todos los sectores en que estaban divididas las colectividades acataron los pactos, se sometieron al plebiscito y terminaron compartiendo el gobierno, la burocracia y los privilegios del régimen bipartidista. La trayectoria seguida por el Partido Liberal y el Partido Conservador hasta la consolidación de los acuerdos y el arraigo de las nuevas instituciones, fue sumamente complejo. Echemos una ojeada a ese proceso.

Tan dura fue la prueba de la derrota en 1946 para el Partido Liberal que sus jefes hicieron mutis por el foro y Gabriel Turbay, jefe único destronado y candidato vencido, fue a morir de pena en París poco después de la caída del Partido Liberal. Le quedó el camino expedito a Jorge Eliécer Gaitán, bajo cuya dirección resurgió el liberalismo, recuperó el favor de las masas, se fortaleció en el Congreso y estaba listo en 1948 para retomar el poder dos años después. Gaitán tenía asegurada la Presidencia y el Partido Liberal su resurrección. Posiblemente no lo pensaban así los jerarcas liberales destronados que miraban despavoridos los toros desde la barrera. Lo cierto es que el asesinato de Gaitán le devolvió a ellos la jefatura del partido, pero la insurrección popular, la dinámica que adquirió la rebelión de las huestes liberales en el campo, las contradicciones surgidas entre las bases del partido y su dirección, el convulsionado ambiente político de «la violencia» y la audacia hegemonista de Laureano Gómez, produjeron en el Partido Liberal una crisis que no atravesaba desde la primera década del siglo.
Ya no era la separación de la Iglesia y el Estado, ni la reforma agraria, ni la libertad de prensa, ni los principios económicos de acumulación interna de capital, sino el intervencionismo de Estado, el endeudamiento externo, la modernización administrativa y financiera y las concesiones de los recursos naturales a los monopolios extranjeros, lo que inspiraba al liberalismo del siglo XX, puntos todos consagrados en el programa de la Convención de Ibagué, con el que llegaría Olaya Herrera desde la embajada en Washington al solio de Bolívar, López Pumarejo desde la presidencia del Banco Mercantil Americano al Palacio de Nariño y Santos del periodismo todopoderoso a la Presidencia de la República.
Uribe Uribe había preconizado esta transformación que tuvo como resultado el surgimiento de un partido ideológicamente socialdemócrata con la misma vestidura tradicional del siglo pasado, mezcla extraña de magnate cubierto con la casaca de los burgueses liberales. Había tenido que superar la persecución implacable desatada en su contra por Núñez y Caro; lanzarse a la Guerra de los Mil Días para sobrevivir; colaborar con Reyes, Carlos E. Restrepo, Concha y Suárez bajo el presupuesto de que así no desaparecería; y presentarse al país como un partido nuevo y renovado. A López y a Santos les correspondió llevar a cabo la tarea de la modernización liberal del país, abierto al capital norteamericano, ceñido a los intereses internacionales en juego, alineado políticamente con Estados Unidos y con una economía de capitalismo monopolista de Estado en moldes feudales. Así arriba el Partido Liberal a las elecciones de 1945 y así afronta la transición hacia el FRENTE NACIONAL que es lo que significa el «medio siglo».


PLANES DE DESARROLLO Y DESNACIONALIZACIÓN INDUSTRIAL
Cincuenta años de evolución económica, de modernización administrativa y fiscal del Estado, de transformación en la estructura vial del país, de industrialización acelerada, de crecimiento financiero, de desarrollo capitalista en la agricultura, no habían sido suficientes para sacar a Colombia del atraso. El Informe del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento afirmaba en 1950: «el nivel de vida de la mayoría del pueblo colombiano es tan bajo que hay poca controversia al tratar de determinar cuáles son las necesidades más urgentes-..» . A su vez el Estudio de Economía y Humanismo de 1954, dirigido por el P. Lebrel conceptuaba en 1956 con un tono algo apocalíptico:
«Colombia al entrar en el ciclo industrial, ha dado los primeros pasos en su desarrollo. Mas las dificultades con que tropieza a causa de su estructura física, del estado de subalimentación o nutrición deficiente del conjunto de su población, de la débil capacidad de ahorro, del vicio de la especulación que ha invadido a sus clases dirigentes y finalmente de la actitud de esperar todo del poder público, son en su totalidad tan considerables que su éxito es problemático si el desarrollo no se orienta correcta y científicamente» .
Para 1950 se calculaba la población de Colombia en 11 millones de habitantes con un crecimiento anual de 2.1%, es decir, que casi se había cuadruplicado desde el comienzo del siglo. El índice de mortalidad era muy alto, casi el doble del de Estados Unidos, pero muy semejante al de los países latinoamericanos. La duración probable de vida en el país era de 37 a 40 años, mientras en esa misma fecha, en los Estados Unidos era de 66 y en Suecia de 70 años. La población activa del país llegaba a 4 millones, de la cual el 56.0% se ocupaba en la agricultura, mientras que el empleo en la industria manufacturera apenas llegaba al 5.5%, inferior al de la industria artesanal que representaba todavía en plena mitad del siglo XX casi el 8.0% de la población activa.
Cuando en los países económicamente más avanzados del mundo la gran industria representaba a mediados de siglo entre el 30 y el 40% del Producto Interno Bruto, para la misma época lo que en las estadísticas disponibles se denomina industria moderna -para distinguirla de la artesanal- apenas llegaba en Colombia al 16% del total. La década del 45 al 55 sería una de las etapas de mayor crecimiento de la industria dentro del PIB, comparable solamente con la década anterior, porque después de 1955 se estancaría y en los treinta años siguientes su crecimiento no alcanzaría el de ninguna de las dos décadas mencionadas. El nivel más alto de participación en el PIB a que llegará la industria en el treintenio siguiente será el 19.5% en 1975, pero rebajará al 18.7% para mediados de la década del 80.
Con el impulso industrial de la década anterior y con el que se estaba dando después de la Guerra Mundial, especialmente en el sector textilero, se hizo necesario invertir en la agricultura de materias primas y, en esa forma, el capitalismo en el campo tuvo un avance significativo. Pero la estructura de tenencia de la tierra y su utilización no permitían la superación de unos moldes seculares que obstaculizaban el desarrollo agrícola. El informe Lebrel hacía el siguiente diagnóstico:
«El minifundismo es uno de los problemas más agudos de la agricultura colombiana. Se le encuentra en la mayoría de los municipios de la zona montañosa, es decir, donde se encuentra más del 80% de la población rural... El latifundismo es uno de los problemas más graves del país... En su mayoría los latifundios no están cultivados, ni aprovechados económicamente» .


POBLACIÓN ACTIVA 1925-1950(1)
Total Agropecuario Industria Industria Gobierno Manufacturera Artesanal
(miles) (%) ( %) (%) (%)
1925. 2.505 68.5 3.4 7.9 — 1930 2.743 66.1 4.1 7.1 — 1935 3.038 64.3 4.4 7.0 — 1940 3.343 62.4 4.6 7.0 2.5 1945 3.647 59.9 5.1 7.3 2.4 1950 3.916 56.2 5.9 7.9 3.0 1980 7.173 35.1 7.1 8.4 5.5
FUENTE: CEPAL, El desarrollo económico de Colombia, para los datos de 1925 a 1950; los de 1980 ver José Fernando Ocampo en «Bases de conceptualización del sector informal y cuantificación a nivel nacional y departamental», publicado por SENA, Estudio de Recursos Humanos.
PARTICIPACIÓN DE LA INDUSTRIA EN EL PIB (1925-1985)
AÑO %
1925 7.1 1935 8.0 1945 12.6 1955 16.1 1965 18.7 1975 19.4 1985 18.7 (estimado)